miércoles, 16 de diciembre de 2015

La utopía de la Igualdad

             Continuamente nos llenamos la boca con la palabra Igualdad. Nos encanta pronunciarla, como si fuera un elixir de juventud, la panacea de todos nuestros males, que sólo deletreándola conseguiríamos, cual sortilegio, que todo lo imposible se haga posible, al menos probable.
            Como ya he comentado en más de una entrada, es uno de los valores principales de nuestra civilización occidental, uno de los pilares en los que se basaban nuestros padres de la democracia, los sabios ilustrados del siglo XVIII. Lo que no podían saber esos magníficos ilustrados es hasta qué punto hemos prostituido sus descendientes aquellas tres palabras favoritas. La Fraternidad occidental deja mucho que desear, ya que el amo es el dinero, únicamente el vil dinero. Todo lo que se hace en aras de la fraternidad tiene un fin último pecuniario: los artistas y las televisiones que hacen galas benéficas, consiguen publicidad y royalties por ella; las fundaciones benéficas desgravan en Hacienda, por lo que finalmente también poseen carácter ahorrativo; y la gente en general sólo mira por sus intereses, careciendo de la empatía necesaria para ayudar a los demás de forma altruista. Si se puede, uno se aprovecha del próximo, y lo podéis comprobar con el video viral del Dr. Gaona, que no nos deja a los españoles en muy buen lugar.
            Con respecto a la Libertad, qué decir. Creemos los europeos que nuestra sociedad es el culmen de la libertad, engañándonos a nosotros de forma continuada y perversa, porque, en el fondo, sabemos que no es así. Estamos controlados por las administraciones como nunca antes en la Historia de la humanidad, gracias a todos los nuevos aparatitos que con tanta alegría compramos. Internet es sinónimo de libertad, pero en realidad lo es del control de las personas, y, de esa forma, de nuestra falta de libertad. Dicen los «listos» que si uno no tiene nada que ocultar, no debe temer el ser controlado, pero es una falacia tremenda, ya que el control absoluto de todas las facetas de una persona lo hacen prisionero del controlador, pero, claro, el controlado ha caído bajo el síndrome de Estocolmo y llega no sólo a perdonar a su controlador, sino también a justificarlo, todo sea por nuestra seguridad.
            Pero esta entrada la he querido vincular al tercer pilar de la democracia, la Igualdad. Es gracioso que en una sociedad que es todo menos igualitaria, nos guste pregonar esa dichosa palabrita. Nadie en nuestra sociedad quiere la igualdad. Nadie lucha por ella, sino todo lo contrario. Los nacionalistas no desean ser iguales al resto de los españoles, queriendo estatutos que marquen sus diferencias y, por qué no decirlo, que remarquen que su comunidad es mucho mejor que las restantes, persiguiendo un mejor trato hacia ellos. Las feministas, por mucho que despotriquen contra el machismo, desean lo mismo pero con un cambio de sexos, es decir, quieren que las mujeres sean mejor tratadas que los hombres en todos los ámbitos de la sociedad. Los jóvenes quieren privilegios para ellos, por ser jóvenes. Los viejos desean que se les trate mejor que a nadie, ya que para algo son viejos. Los ricos quieren seguir siendo ricos y que continúen las desigualdades económicas. Los pobres no quieren que las desigualdades económicas se acoten e incluso se reviertan, que sería lo lógico, desean que continúen, pero entrando ellos, a modo personal, a formar parte del magnífico club de millonarios, por mor de una primitiva o un euromillones.
            Y no me invento nada. Esto es tan así que hasta los políticos deben redundar en las desigualdades para poder obtener votos. Por ejemplo, la ley de violencia de género es lo más desigual que hay España. Es flagrante su incorporación a nuestra sociedad, de tal modo que si dices algo contra ella eres un absoluto machista. Claro, luego ocurren cosas como la de esa mujer que se tira por un balcón, después de haber hecho lo propio con sus dos hijas, y resulta que ella es una víctima, porque padecía depresión postparto. Yo eso lo entiendo, pero me pongo a pensar qué hubiera ocurrido si hubiera sido un hombre, por padecer depresión por que le hubieran despedido del trabajo, por ejemplo. Yo, como siempre, considero que los asesinatos lo son por el hecho de serlo, no por quién los comete. De tal forma, me parece igual de deplorable que un marido mate a su mujer a que una esposa mate a su marido. Que la mayoría de casos es violencia del hombre hacia la mujer, por supuesto. Que debiera intentar defenderse a las mujeres que sufren maltrato y protegerse por todos los medios posibles, también. Pero eso no significa que miremos hacia otro lado cuando una esposa mata a su marido, por ser excepcional. Dicen que la ley trata de igualar las fuerzas, que un hombre es más fuerte que una mujer. Esto es discrepable, porque creo que una mujer con un cuchillo puede ser más fuerte que un hombre, entonces, ¿cómo aplicaríamos ahí la violencia de género? Ah, no, que no se aplica, porque sólo existe si la ejerce un hombre contra su esposa.
            Si queremos luchar contra las desigualdades y promulgar una verdadera igualdad, debemos hacerlo desde la base. Lo más importantes es concienciarse de que todos somos iguales, no solo ante la ley. Para luchar contra el machismo que durante tantos años ha existido en nuestro país, perpetuado por nuestras abuelas, todo hay que decirlo, lo primero es asegurarnos que lo hacemos desde la igualdad, porque si nos vamos al lado contrario, estamos finalmente haciendo lo mismo, pero al revés. También es importante el tener claro los datos y los números, conocer la realidad de las cosas y que no nos manipulen. Por ejemplo, con respecto a los datos que dicen que una mujer cobra de media un 24% menos que un hombre por el mismo trabajo. Para empezar, lo niego rotundamente. Probablemente haya puestos de trabajo donde esto sea así, pero no es ni mucho menos algo general. Hay tres millones de funcionarios en España, y es seguro que en ese gran estamento la igualdad salarial es patente. Cada uno cobra por el nivel que posea, ni más ni menos. Yo he trabajado durante muchos años en varias empresas privadas y puedo corroborar que en ninguna de ellas se cobraba menos por ser mujer. Cada uno cobraba a razón de su trabajo realizado, ni más ni menos, no por ser mujer u hombre se cobraba menos o más. Pero en España se habla de medias, y no sé cómo lo harán. Supongo que habrá casos, y muchos, donde una mujer cobra menos porque trabaja menos horas, ya que tiene que ir a por los niños, o le gusta estar con ellos, por lo que habrá pedido una reducción de horas y. por tanto, obtendrá también una reducción de salario. Pero esto es lógico, no hacerlo así sería castigar a los que siguen trabajando todas sus horas y sería también injusto. Y que no me digan que la mujer se tiene que hacer cargo de los niños, porque en un mundo en el que queremos desarrollar la igualdad, podría ser el padre el que se hiciera cargo de los niños, y no la madre. Pero eso es una cuestión familiar y es cada pareja la que debe planteárselo, no poner en un brete a las empresas, tildándolas de machistas.
            Mucha gracia me hacen los políticos que son tan igualitarios que proclaman la paridad. No hay nada más peyorativo que la paridad impuesta, porque es decir a la cara a la mujer que como no vale, que no se preocupe, que la pondremos en un cargo para el cual no vale porque los porcentajes así lo requieren. Pues yo no quiero la paridad, pretendo la efectividad de aquellos que nos gobiernan. No deseo un consejo de ministros paritario, lo que quiero es un consejo de ministros eficaz. Así, si todos los ministros son hombres, que lo sean, como si todos son mujeres, me da igual, lo importante es que se elija para los cargos a las personas más cualificadas, independientemente de su sexo. Lo mismo puedo decir con respecto a la empresa privada. Pero hay un partido político tan obtuso que esto no lo ve, que sigue con el erre que erre con lo de la paridad y ya intentó hace unos años obligar también a las empresas a la paridad. Y eso no es así, la igualdad se alcanzará cuando no se tenga en cuenta el sexo de las personas para ser impulsadas a un cargo, ya sea en la empresa privada o en la pública.
            Pero como he dicho en el título, esto me parece una utopía, puesto que aquí todos buscan sólo su beneficio personal y a los demás que le den, porque el progreso nos ha traído deshumanización, las redes sociales y los móviles nos impiden ver qué le pasa al que tenemos al lado, sino es por medio de una pantallita, o a través de unos auriculares. Perdiendo el contacto con nuestra realidad, nos volvemos cada vez más máquinas y menos humanos, perdemos la poca fraternidad y empatía que nos quedaba, convirtiéndonos en borregos, que después de todo es lo que les interesa a los poderosos.

            El Condotiero

lunes, 14 de diciembre de 2015

Decálogo de consejos para los inmigrantes

             Está de moda, últimamente, el tema de los inmigrantes en Europa, a raíz de lo ocurrido en París y después de las primarias en Francia, con victoria de Le Pen, aunque salvados los muebles de forma milagrosa en la segunda vuelta.
            Ya he tratado este tema en la entrada Viraje hacia la xenofobia, pero creo que es menester darle una vuelta más de tuerca, redundando en el problema desde el punto de vista inmigratorio. Sé que lo que voy a decir no es políticamente correcto, pero, primero, estoy harto de lo políticamente correcto, pues me parece más una sarta de hipocresía que de virtud, y, segundo, que es algo que planea sobre el ambiente europeo, desde la invasión de los cientos de miles de refugiados procedentes de Siria.
            Aquí, en España, somos demasiado políticamente correctos y cualquiera que diga lo que los demás piensan en su fuero interno es fusilado sin remisión posible. No sé de dónde nos viene esa manía por no decir las verdades, pero ya estamos llegando a extremos que rozan lo ridículo. De hecho, estamos en un país donde los inmigrantes obtienen más puntos que los nativos para los puestos en guarderías, para conseguir casas de VPO o para plazas en cursos remunerados, como si los españoles de toda la vida tuviéramos menos derechos que los que vienen de fuera. Eso es malo, porque crea rencor hacia los pobres inmigrantes, que no tienen la culpa de que las administraciones públicas sean demasiado políticamente correctas. Yo estoy a favor de que los inmigrantes tengan las mismas oportunidades que los españoles, pero no más. Supongo que ellos deberían querer lo mismo, si no desean verse señalados con el dedo.
            El racismo y la xenofobia no son nuevos en Europa. En España se expulsó primero a los judíos y después a los moriscos. Cuando llegaron montones de inmigrantes a los nuevos pueblos de colonos de Andalucía, en la segunda mitad del S.XVIII, en el reinado de Carlos III, lo pasaron bastante mal. Algunos pueblos fueron literalmente saqueados por habitantes nativos de los pueblos de alrededor, con asesinatos incluidos. Sin olvidar la tremenda purga de judíos, gitanos y otras razas que tuvieron lugar en la Alemania nazi no hace siquiera 100 años.
            Efectivamente no estoy a favor de que se maltrate a los inmigrantes, pero lo que quiero decir, y esto es lo que puede ser políticamente incorrecto, es que ellos tienen que poner algo de su parte. De acuerdo que dentro de los valores de la civilización occidental está contemplado el auxilio de las personas y el acogimiento de éstas, pero querer aprovecharse de nuestros valores, sin entrar en ellos, es sumamente peligroso. Reconozco que una gran mayoría de inmigrantes se portan como es debido, pero, los que no, hacen mucho ruido y echan por tierra la labor de los demás.
            Lo que sí deberíamos tener todos claro, tanto los inmigrantes cono los nativos del país, es que los que vienen son los primeros que están obligados a respetar lo que aquí hay, antes de que exijan que los respetemos a ellos. Una cosa es pluralidad, diversidad o lo que se le quiera llamar, otra muy diferente es que yo tenga que adaptarme a mi vecino que viene de no sé dónde. Si un inmigrante llega aquí lo hace huyendo de algún problema, ya sea político, criminal o económico, por lo que no debe intentar traerse su país, con sus problemas, con él. Y eso es algo que yo no entiendo, como lo que ocurrió en Kosovo, que porque había un 90% de albanos ya querían separarse de Serbia y unirse a Albania. Oiga, ¿usted es de origen albano y desea volver a Albania? Muy bien, pues coja su maleta y vuélvase allí, no quiera ahora que mi país se convierta en Albania porque os habéis tirado 50 años teniendo hijos como churros.
            De tal forma, inmigrante no tiene por qué considerarse a uno que acaba de llegar. Se puede ser inmigrante de vigésima generación, ya que si tu árbol genealógico jamás se ha adaptado al país en el que vives, es como si lo siguieras siendo. Es el caso de los gitanos en España, o de los judíos en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial. Ambos colectivos han mantenido durante generaciones sus costumbres, jergas o idiomas, religión en el caso judío, etc. Así, aunque la familia viva durante cientos de años en la misma población, habrá creado una barrera hacia el resto de vecinos, continuando con su apellido de inmigrante.
            Por tanto, e incido en que es políticamente incorrecto pero de cordura meridiana, aquí escribo un decálogo de consejos hacia los inmigrantes, si quieren que no se les termine viendo como una lacra para la sociedad, como está ya ocurriendo en Grecia, Francia, Alemania y otros países europeos:
1.- Aprende el idioma oficial del país en el que vives.
2.- Adapta tus horarios y calendario a los del país en el que vives.
3.- Si tu religión es diferente a la religión oficial del país en el que vives, intenta no hacer apología de tu diferente creencia (lo mismo si no hay religión oficial en el país en el que vives, pues NO HAY RELIGIÓN OFICIAL).
4.- Respeta las costumbres cotidianas del país en el que vives e intenta adaptarte a ellas. Sé respetuoso con las fiestas locales.
5.- Amóldate a la cocina del país, aunque no olvides la tuya.
6.- No exijas que los demás se adapten a ti o te comprendan. Tú eres el que ha ido a su país.
7.- Procura que te traten como se trata al resto de personas de ese país, no mejor.
8.- Si quieres que te tomen como a uno más de los habitantes de ese país, siéntete como uno de ellos. No es necesario que a cada momento saques a relucir las diferencias entre tu país de origen y el país en el que vives.
9.- Jamás olvides tus raíces, pero no las tengas por bandera.
10.- Y, por supuesto, no seas racista ni xenófobo con respecto a los habitantes nativos del país en el que vives.
            Este último punto parece una pamplina, pero es absolutamente cierto. Muchas veces, los inmigrantes son los primeros racistas y xenófobos. Les pasa a los gitanos españoles, que miran mal a los payos, o les pasaba a los judíos europeos, que no estaban de acuerdo en que sus hijos se casaran con gentiles, manteniendo la separación con el resto de vecinos durante cientos de años.
            Y esto es algo que se debe hacer no sólo aquí, sino en cualquier lugar del mundo. ¿A ver quién es el guapo español que va a Arabia Saudí a construir una iglesia católica, o a Irán, para mantener una relación homosexual de forma pública y notoria, o que se traslada a Corea del Norte para expresar libremente sus ideas?

            El Condotiero

jueves, 10 de diciembre de 2015

Propuestas, propuestas, propuestas...

             Asistimos, por tercera vez en este año, a unas elecciones y a su preceptiva campaña electoral, como mítines, debates y paseos por calles y tiendas que los políticos suelen escaquear cuando no hay elecciones a la vista. Aunque ya lo hemos visto más veces este año, como ya he comentado, éstas son las únicas elecciones generales, al Gobierno de España, por lo que la lucha es más enconada si cabe.
            No son las primeras elecciones generales de esta democracia española, si no recuerdo mal éstas serían las duodécimas, desde aquellas primeras en 1977. Por tanto, creo yo que ya deberíamos estar acostumbrados a este juego y los españoles deberíamos ser, como muchos políticos y periodistas pregonan, democráticamente maduros. Aun así, niego la mayor y pienso que nos dejamos deslumbrar por detalles que poco o nada importan a la hora de elegir qué papeleta echar en la urna que toque.
            El ejemplo claro lo tenemos en el publicitado hasta la saciedad «debate definitivo», de la editorial ATresmedia. El debate en sí no estuvo mal, pero tampoco bien. Yo lo vi y mi conclusión es que ninguno me dijo nada interesante. Ninguno de los candidatos o vicecandidatos me sorprendió, ninguno estuvo rematadamente mal y ninguno estuvo estupendamente. Lo importante, lo que tenían que decir, y con ello convencer a los indecisos (los decisos lo tienen aprendido desde la cuna, o son militantes o es voto cautivo), fue lo mismo de siempre. Palabras, palabras y palabras... Propuestas, propuestas y propuestas...
            Lo curioso del asunto, es que luego los periodistas y analistas, algunas veces confluyendo ambos puestos en una misma persona, opinan quién ha ganado, y unos dicen, que Soraya, otros que Pedro, otros que Pablo y otros que Albert, dependiendo del pie con el que cojeen, al igual que los tertulianos con carné de partidos, que defienden a muerte la intervención de su líder o vicelíder.
            Pero lo que ya me cabrea bastante es que los defensores de lo indefendible se pelean por el número de propuestas lanzadas por el debatiente de su corazón, como si las propuestas fueran el centro de sus diatribas, cargadas de absoluta razón.
            Yo ya no puedo presentarme a estas elecciones, pero me presentaré a las siguientes. Ya tengo pensado el nombre de mi partido, «Condotiero for president (CFP)», y aquí abajo expongo las propuestas que lanzaré dentro de cuatro años. He pensado que hacer 52 propuestas sería lo suyo, porque sería justo el doble del número de propuestas lanzadas por el candidato que más propuestas dicen que lanzó en el famoso debate, que fueron 26 por parte de Pedro Sánchez.
1.- Bajaré los impuestos.
2.- Subiré los sueldos.
3.- Acabaré con el desempleo.
4.- Acabaré con la corrupción.
5.- Acabaré con la violencia de género.
6.- Conseguiré la total igualdad salarial entre hombres y mujeres.
7.- Reduciré el coste de las facturas de la luz.
8.- Disminuiré el recibo del IBI.
9.- Eliminaré las listas de espera de la Seguridad Social.
10.- Reduciré la inseguridad en las calles españolas.
11.- Mejoraré la enseñanza pública obligatoria.
12.- Multiplicaré los presupuestos a I+D+I.
13.- Haré que pertenecer a España sea deseable, terminando con la problemática del independentismo catalán.
14.- Fomentaré variados referéndum durante la legislatura, para alcanzar la democracia real.
15.- Se pagarán todas las facturas que las diferentes administraciones deban a particulares.
16.- Conseguiré que el crédito fluya a las PYMES.
17.- Las pensiones aumentarán en un 5% anual.
18.- Bajaré el déficit público a 0.
19.- Disminuiré la deuda externa.
20.- Reforzaré el tejido industrial.
21.- Liberaré a los sindicatos del clientelismo al Estado.
22.- Conseguiré la independencia de los partidos políticos.
23.- Mejoraré la red de carreteras.
24.- Mejoraré el transporte público.
25.- Integraré los inmigrantes a la sociedad española.
26.- Reforzaré la preparación de los profesores universitarios.
27.- Multiplicaré el número de becas.
28.- Aumentaré el número de plazas de guardería.
29.- Conciliaré la vida laboral con la familiar.
30.- Bajaré a 30 el número de horas laborales a la semana.
31.- Los españoles podrán jubilarse a los 60 años con el 100% de su pensión.
32.- Aumentaré la eficiencia de los consulados y embajadas españolas para que los españoles que viajen al extranjero se sientan respaldados.
33.- Crearé un ministerio de los animales, para luchar por su dignidad.
34.- Conseguiré que el 100% de la electricidad consumida en España provenga de fuentes renovables.
35.- El agua, como bien de máxima prioridad, será gratuita.
36.- El IVA cultural será del 2%.
37.- Gibraltar será español.
38.- Acabaré con el terrorismo yihadista.
39.- Disminuiré el número de delitos.
40.- El número de funcionarios crecerá hasta el 100% deseable.
41.- Bajarán el número de siniestros laborales.
42.- El número de accidentes de tráfico se acercará al 0.
43.- Se doblarán los días de vacaciones.
44.- Los autónomos pagarán impuestos en relación a sus ganancias.
45.- Los desahucios serán eliminados.
46.- Internet será gratuito para todos los españoles.
47.- Legalizaré la prostitución.
48.- Legalizaré las drogas.
49.- Las Olimpiadas de 2028 se harán en Cádiz.
50.- La selección española ganará el Mundial de fútbol de 2018.
51.- Prohibiré cantar a Joaquín Sabina.
52.- Conseguiré que Belén Esteban lea un libro.
            Lo importante, como se puede observar, es lanzar propuestas sin ton ni son, sin dar la mínima explicación posible de cómo se lograrán llevar a cabo, porque eso no importa, total, si cuando llegue a la Moncloa voy a hacer lo que me dé la gana.
            Y no es nuevo, los partidos políticos lo llevan haciendo desde los principios del actual régimen democrático. Todavía recuerdo, siendo yo niño, cuando el PSOE ganó sus primeras elecciones, en 1982, con el slogan «OTAN no, bases fuera», y lo primero que hizo Felipe González al llegar al poder fue ratificar la entrada de España en la Alianza Atlántica. No es que yo esté en desacuerdo con esa medida, sino que creo que los españoles fueron tangados burdamente. ¿Qué castigo obtuvo el PSOE en las siguientes elecciones por engañar a los ciudadanos? Pues le otorgaron de nuevo la mayoría absoluta en la elecciones de 1986. Moraleja: miente lo que puedas, propón lo imposible y hazte con una capea, porque lo importante es llegar al poder, lo demás no importa, porque el español o es tonto o tiene mala memoria.
            Desde entonces hasta ahora, ningún Gobierno español (ni del PP ni del PSOE) ha cumplido sus promesas electorales, da igual, y luego se sorprenden que aparezcan nuevos partidos y despotrican contra su inexperiencia, como si ellos sí hubieran nacido con la experiencia necesaria.
            Y es que los españoles nos lo tenemos merecido. Todavía campa en mi memoria una frase que sobrevoló en el PSOE sobre su candidato del 2011, Rubalcaba, que decía algo así como que había que votarlo porque era sangre nueva, en contraposición al candidato del PP, Rajoy. Lo impactante de la frase es que Rubalcaba tenía (y sigue teniendo) tres años más que Rajoy y llevaba metido en política desde el primer gobierno de Felipe González. Pero no hubo nadie, que yo recuerde, ni político ni periodista, que hiciese hincapié en tan fragrante mentira con nocturnidad y alevosía.
            Por todo ello, no me fío de los partidos nuevos, pero menos aun de los antiguos, y menos me fío todavía de los votantes españoles, desmemoriados y comprados, ilusos sobre que la cosa pueda cambiar y que entre a gobernar alguien decente. No, señores, el voto o la adhesión a un político o a un partido no se puede hacer como se hace en España, como si fueran equipos de fútbol, uno del Barcelona, otro del Madrid y los dos nuevos que acaban de subir de segunda división. No, habría que ser consciente de qué y a quién se vota, y dejar abierta la puerta al cambio de voto de una legislatura a otra, dependiendo de lo que ofrecieran los candidatos o si nos mintieron en la anterior, pero sobre todo atendiendo a que las propuestas sean serias y respaldadas por números, no como las que he realizado yo arriba.

El Condotiero

lunes, 7 de diciembre de 2015

Viraje hacia la xenofobia

             Es preocupante, aunque no por menos esperado, el triunfo que ha tenido el Frente Nacional, de la ultraderechista Marine Le Pen, en las elecciones regionales francesas. En los últimos años ha estado ganado protagonismo el ultraderechismo en Francia, pero hasta ahora no había conseguido ningún triunfo. Hasta ahora, repito. Claro, el caldo de cultivo es propicio, con los recientes atentados de París.
            La Historia se suele repetir, y aquí tenemos un ejemplo de ello. ¿Qué le pasa a la sociedad francesa? Una sociedad atacada en sus profundos cimientos democráticos, pero no por extranjeros, ya que se ha demostrado que la mayoría de los yihadistas que atacaron la noche del 13-N eran franceses de nacimiento. Los franceses de pro, es decir, blancos, católicos y demócratas, amantes del vino, del queso y de los croissants, están hartos de convivir con personas que no consumen estas delicias, que tienen otra religión y que, en definitiva, no se adaptan al modo de vivir francés y europeo.
            A mí me recuerda sobremanera a lo ocurrido en la Alemania de los años 30, una Alemania que sufría las consecuencias de su derrota en la Gran Guerra, a lo que había que sumar la crisis económica del 29 y la debilidad de su régimen democrático. La gente, inculta e ignorante por regla general, se arrimó a las ascuas que más calentaban, y ésas eran un nuevo partido político que prometía empleo y recuperación del orgullo nacional. Además, echaba las culpas de todo lo que les ocurría a los alemanes no a ellos mismos, sino a los judíos, una gente que tenía otra religión y otras costumbres, y que sobrellevaba mejor la crisis económica, puesto que el clientelismo judío siempre ha sido encomiable. Creemos que a los españoles nos encanta echar las culpas de lo que ocurre a los demás, en lugar de revisar nuestros propios errores, pero parece que es algo europeo, occidental, propio de nuestra civilización.
            Como sabemos, el Partido Nazi llegó al poder en Alemania, y ahora los ultraderechistas se están aprovechando de una favorable coyuntura para aumentar sus expectativas de votos. Claro, la culpa de todo la tienen los musulmanes extranjeros que campan a sus anchas por nuestro país, dirán los franceses, por tanto, votemos a los que quieren que Francia sea de los franceses. Nadie se atrevería a explicarles ahora a los franceses, que no están para discutir nada, sólo para bombardear Siria, que somos los occidentales los culpables del nacimiento y maduración del yihadismo, y que nosotros hemos hecho auténticas perrerías en sus países y que únicamente desean vengarse, y con parte de razón.
            Pero no es un fenómeno único, sino que el renacer del ultraderechismo es algo general en Europa, desde Grecia hasta Alemania. En Grecia echan la culpa de sus problemas a la gran cantidad de inmigrantes que hay en su suelo, sin mirarse a sí mismos y a la penosa gestión de sus gobernantes y a la corrupción generalizada de la sociedad griega, que ha estado viviendo muy por encima de sus posibilidades. En Alemania ya no se quiere a los turcos, los cuales han estado trabajando en multitud de puestos que eran tan necesarios como denigrantes, a la vista del alemán medio, pero ahora hay muchos turcos y la situación económica no es tan boyante como debiera, pues aún se está pagando el meter a la atrasada Alemania Oriental dentro del capitalismo.
            Y no nos olvidemos de España. También hemos vivido por encima de nuestras posibilidades en los principios de este siglo, que parecía que el que no tuviera un Audi o un BMW y un piso en el mejor barrio de la ciudad era un don nadie. Ahora que hemos despertado bruscamente del sueño especulador, nos damos cuenta que hay demasiados sudamericanos en nuestro suelo.
            No es que seamos xenófobos, ya que sólo lo somos cuando vemos que el que no pertenece a nuestra cultura tiene más que nosotros o cuando no tenemos a nadie más al que achacar los problemas que nos acucian. Pero eso es algo humano. Somos así, lo hemos sido siempre y lo seguiremos siendo. Siempre miraremos con odio a nuestro vecino más rico, pero más si las cosas nos van mal, aunque a él le vaya peor.
            ¿Qué hacen ellos? Los inmigrantes cometen el fallo de no adaptarse al entorno que los rodea. Hay un viejo dicho que reza «done fueres, haz lo que vieres». Ellos no renuncian a su forma de vivir ni a su religión, pero es que eso es igual de humano que lo de la xenofobia. Es más, la mayoría de yihadistas europeos eran inmigrantes de segunda o de tercera generación. Sus padres o abuelos, no tan occidentalizados, no se inmolan contra quienes los odian.
            Lo que veo es que no hay posible solución al respecto, puesto que el giro xenófobo es algo humano e inconsciente, fruto de la ignorancia de las gentes, que no lee y tampoco deja de ver programas basura, o fútbol y toros, que los idiotizan. Votar a la ultraderecha no va a servir de nada, sólo para radicalizar el ambiente, más si cabe. Y los inmigrantes tampoco van a dejar de amar a su antigua patria, a la patria de sus padres o abuelos. Sería como pedirle a un español en Berlín que dejara de hacer tortillas de patata. Eso me lleva a pensar en un graffiti que vi en una pared que siempre me pareció la mar de tonto, pero ahora, con nuevas perspectivas, me parece bastante profundo, y que decía: «tortilla olé». En Cádiz, la filosofía está en la calle.

            El Condotiero

sábado, 5 de diciembre de 2015

Depredadores insaciables

             El viernes, en el segundo canal público de nuestro país, vi un documental que me impactó. Sé que a esa hora habría cosas más interesantes que ver en el canal que tiene un número 5, como algún asunto sucio entre la Belén Esteban y cualquier otro contertulio de altura, ya sea familiar de fenecida tonadillera o antiguo esnifador de todo aquello que fuera blanco y en polvillo, pero es que yo soy masoca y me gusta ver horteradas.
            Aun así, recomiendo la visualización de dicho documental, puesto que no creo que deje a nadie indiferente. Se titula La era de la estupidez y trata del calentamiento global y la carrera que estamos haciendo por la sistemática destrucción del medioambiente. Pero no es otro documental más, puesto que su originalidad radica en cómo está explicado. El narrador, un archivero, graba un mensaje para que pueda ser visualizado por quien sea, pero lo hace en el año 2055, por lo que narra sus propias vivencias, además de las experiencias de otras personas que aparecen en vídeos que tiene en su inmenso archivo. O sea, que no habla de posibles o futuribles, sino de cosas que para él ya han ocurrido.
            Sé que es sólo una forma de hacerlo y que algunos podrían tachar de demagógico, puesto que no hay seguridad al 100% de lo que pasará en un futuro ya no tan lejano, pero sí dice la verdad en cuanto que todos los síntomas que están apareciendo los estamos desoyendo, por regla general. Es evidente que la principal culpa la tienen nuestros políticos y los grandes empresarios del mundo, que sólo ponen sus miras en el balance de resultados y no en el posible daño que estén produciendo al medio ambiente.
            Pero aunque ellos sean los principales responsables, no son los únicos, puesto que todos nosotros nos hemos dejado envolver por el espíritu del consumismo, creyendo que teniendo más cosas seremos más felices, sin pensar que para ello estamos abocando a nuestros semejantes de los países más pobres, de los cuales parten la gran mayoría de los recursos primarios, a la más absoluta indigencia, obligándoles a vivir una aventura diaria por la supervivencia.
            La cosa es que lo hacemos de forma inconsciente, sin pensar que el más mínimo gesto que hagamos, ya sea el encender la calefacción en lugar de coger una mantita, poner el aire acondicionado, en lugar de abrir una ventana, o el comprar una botella de agua mineral en lugar de llenar un vaso de agua del grifo, está sumando un granito de arena más a ese futuro planeta inhabitable. Y es que estamos tan imbuidos de esa mentalidad occidental proconsumista que no nos damos cuenta. Yo he visto a un chaval de 15 años, sin tara física alguna, montarse en una parada del autobús de línea para bajarse en la siguiente. En el mismo documental se ríen de la estupidez de comprar agua embotellada, que es mucho más cara a nuestro bolsillo y es infinitamente más cara de producir, por la botella de plástico, que el agua del grifo. La culpa de esto es de los padres de hoy en día, que creen que sus hijos van a estar más sanos por ello, o han sido engañados por la multitud de anuncios televisivos donde les dicen que el agua embotellada es fuente de vida, sin mencionar que lo que realmente es fuente de dinero para sus propias arcas. Yo he bebido agua del grifo toda la vida y estoy muy orgulloso de ello. Y que no me digan que el agua del grifo es cancerígena y la embotellada no, porque les puedo contestar que, según otro documental que me tragué hace años, el plástico utilizado para fabricar las botellas de aguas es malísimo para la salud.
            No creo que el documental haya contado nada que no supiéramos. Estoy seguro de que todos estamos ya muy al corriente de cómo están las cosas, pero es importante recordarlo de vez en cuando. Y cuando pienso el porqué de nuestra actitud respecto a un problema por todos conocido y que no hacemos nada por ponerle solución, sólo se me ocurre algo parecido con el Síndrome de Estocolmo. Nuestros captores son los políticos y los medios de comunicación, comprados todos éstos por las grandes empresas multinacionales, que son las que manejan el cotarro y las que se lo llevan calentito, y nosotros, la inmensa población, pobres raptados, aunque sólo mentalmente, somos incapaces de levantarnos y ponernos en contra de todos ellos, porque en seguida nos sacan un nuevo teléfono móvil que deseamos más que otra cosa en el mundo, o nos ponen vuelos de bajo coste, con lo que nos obligan prácticamente a volar donde sea, con tal de aprovecharlos, sin pensar en las consecuencias de comprar ese nuevo teléfono móvil o de subirnos a ese avión cuyas turbinas destruyen los ecosistemas. Y todos, incluido yo mismo, caemos y volvemos a caer en la trampa, en una especie de huida hacia delante, sin mirar los cadáveres que dejamos a nuestro alrededor y bajo nuestras suelas de los zapatos.
            Mientras tanto, la Conferencia por el cambio climático de París pasa casi desapercibida, porque los medios insisten más en los 132 asesinados en la misma ciudad semanas antes, o en los intentos de captura del terrorista huido. Nos manejan como a los burros con la zanahoria y nosotros, mientras, discutiendo sobre nimiedades. Sí, sé que es duro escucharlo, pero más lo es decirlo, pero ante una futura extinción planetaria, 132 muertos no es nada, o la memoria histórica de personas asesinadas hace 80 años es menos todavía, porque el futuro se acerca peligrosamente y llegará el momento en que ya nada podamos hacer por detener el deterioro. Y es que este deterioro no es futuro, es presente, puesto que el número de especies extinguidas en los últimos años supera con mucho a las de las extinciones naturales ocurridas en los millones de años que nos preceden, ni siquiera cuando la gran y dilatada extinción de los dinosaurios.
            Como suelo decir, a mí es al que menos me importa, porque mi sangre se extinguirá conmigo, al no tener descendencia, pero y a vosotros, ¿os preocupa?, ¿qué queréis legarle a vuestros descendientes?

            El Condotiero


viernes, 4 de diciembre de 2015

Revisionistas sin revisar

             Me gustaría redactar esta entrada con prudencia, que es algo de lo que a veces carezco, lo reconozco. El motivo de ello es que no querría que nadie se sintiese demasiado ofendido por mis palabras, aunque lo que voy a expresar ciertamente posee carácter de crítica. Lo que suele ocurrir es que en muchas ocasiones ofende más la forma en que se trata un tema que el tema en sí.
            Resulta que, por mediación de un antiguo profesor mío de Historia, con el cual me une cierta amistad, he acudido a un taller de Historia Actual que se ha iniciado en la facultad. La verdad es que hacía tiempo que no la pisaba y tenía cierto interés, ya que la Historia me apasiona. Aun no estando metido en ese mundillo, que abandoné hace muchos años, siempre es bueno poder aprender de los demás. Creo que este tipo de talleres pueden ser importantes para los diálogos que allí se puedan establecer, pero me ha sorprendido que el tema en cuestión no haya cambiado en los últimos 20 años: la memoria histórica.
            Tengo una opinión muy clara respecto a la labor de los historiadores. Es imposible que un historiador sea objetivo, eso es evidente, claro, porque desde que éste elige el tema sobre el cual investigar ya está actuando con subjetividad, escogiendo tal tema en lugar de otro. Pero eso no niega la obligación que yo creo que debe tener cualquier historiador, y es la de intentar ser objetivo. Después no lo conseguirá, pero debe intentarlo. Lo que no concibo es el caso que me he encontrado en ese taller. Un doctorando, que expuso una ponencia, me comentó que está interesado en el tema de la memoria histórica, sobre la cual va a preparar su tesis doctoral. A mi pregunta de si estaba interesado en la memoria histórica general o sólo en la partidista, me puso cara de no comprensión. Le expliqué que la memoria histórica general es aquella que estudia todos los asesinatos que hubo durante la Guerra Civil y la posguerra, mientras que la memoria histórica partidista es aquella que sólo estudia los de un bando (al otro que le den). Me contestó que, evidentemente, a él le interesaba la memoria histórica partidista, aquélla que con tanto ahínco se estudia en la facultad de Filosofía y Letras de Cádiz, es decir, los asesinados por el bando golpista (Franco y sus adláteres).
            Yo, como no podía ser de otra manera, torcí mis labios de forma expresiva, pero no tanto para resultar hiriente, diciéndome a mí mismo: «otro que se apunta al carro, porque si no, no le publican». Después le solté al susodicho doctorando que la Historia debería ser objetiva, por lo que si sólo investiga la memoria histórica partidista no está siéndolo. Su respuesta sí que me dejó callado (alguien lo ha conseguido, por fin): «pero es que yo soy subjetivo y mi fin no es la objetividad, puesto que no hago la tesis desde un punto de vista histórico, sino antropológico». Toma ya. Si me quedé callado no fue porque me tumbase con una frase, es porque ante una tergiversación consciente y convencida, poco se puede contraponer.
            Yo no es que esté particularmente interesado en el tema de la memoria histórica, pero si lo estuviera no leería jamás un trabajo de alguien que, ya desde el principio, te está avisando que él es subjetivo, por lo que su trabajo también. Hemos sufrido 40 años de mentiras, tergiversación y subjetividad por parte del régimen franquista, luego otros 40 años de silencio, debido a que las heridas suturadas en 1978 tenían que cerrarse del todo, por lo que la gente hablaba con la boca pequeña. Ahora, que van a pasar esos 80 años (lo hará el 18 de julio de 2016), no estoy dispuesto a pasar otros 40 años de mentiras, tergiversación y subjetividad, pero ahora por parte del otro lado, o los que quieren verse a sí mismos como los sucesores de los otrora perdedores de la Guerra Civil.
            Porque ésa es otra. Ahora todos se ven como sucesores de los otrora perdedores de la Guerra Civil. Como yo suelo decir, acudiendo a la demografía histórica, en 1975 se produjo el mayor descenso de población en la Historia de España, ya que había solamente 7 habitantes (mis padres, mis tres hermanos, Franco y yo) y murió uno de ellos, Franco, con lo que la población española se redujo en un 15%. Y esto fue así porque el resto estaban exiliados o en la cárcel, o al menos es la sensación que yo tengo cuando escucho hablar a la gente que vivió esa época. Claro, al año siguiente se produjo, igualmente, el mayor aumento de la población de la Historia de España, multiplicándose de forma inaudita, al volver los 30 millones de exiliados que había en el extranjero.
            Guasas aparte, creo que somos ya suficientemente mayorcitos y la democracia está bastante implantada en nuestro país para intentar hacer una Historia verdadera, objetiva, de lo que ocurrió en la Guerra Civil y en su inmediata posguerra. Lo que no me parece de recibo es escuchar comentarios como los del otro día, y en boca de todo un doctor, según el cual la Guerra Civil comenzó realmente en 1937, supongo que entendiendo que en los seis meses anteriores, desde el semifallido golpe de estado, los bandos estarían formándose aún. Eso no es estar equivocado, eso es faltar absolutamente a la verdad, tergiversando la Historia en su propio interés, para redundar en la atrocidad de los asesinatos que se produjeron por parte del bando golpista en el verano del 36. Nadie discute que se cometieron miles de asesinatos por parte de los golpistas, y nadie discute que fueron atroces, pero no lo van a ser menos por reconocer que esos asesinatos estaban encuadrados dentro del marco de la Guerra Civil, y tampoco lo van a ser menos por reconocer que el otro bando también los cometió, y de la misma manera e igual de atroces. Y no me vale que en las charlas se quisiera poner en valor «el tratamiento peor que a perros que se dio a los cadáveres, enterrándoles sin ceremonia en fosas comunes», porque sería noticia si hubiera sido de otra forma. ¿Alguien conoce algún caso en la Historia de asesinatos políticos dentro de una guerra civil y posterior enterramiento en fosas comunes donde los cadáveres fueran tratados con respeto?
            Por eso pienso que los revisionistas de hoy en día se deberían revisar a sí mismos y a los objetivos que desean conseguir, ya que si queremos tratar con respecto a los muertos de aquella barbarie, opino que la mejor forma de hacerlo es contando la verdad, la absoluta verdad, duela a quien duela, y no tergiversar los hechos sólo por conveniencia personal, para que un político saque más votos, un historiador se coloque más medallitas de ultrarepublicano o un doctorando consiga que así le publiquen su tesis.

            El Condotiero

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Hormiguitas humanas

             Las hormigas, como seres individuales, no tienen la menor relevancia, solamente importa la supervivencia de la colonia. La colonia es como un gran ente vivo por el cual todos los sacrificios merecen la pena. Todo lo que haga falta con tal de que la colonia vaya pasando de generación en generación, incluso combatir contra otras colonias.
            Creo que es un símil parecido al de las civilizaciones humanas. ¿A quién importa que 200.000 franceses fueran guillotinados por conseguir unos derechos que hoy creemos fundamentales? Si se piensa fríamente, esos franceses ya estarían muertos de todas formas, al igual que el resto de franceses de esa época, pues ya han pasado más de dos siglos desde entonces.
            Las luchas entre las civilizaciones que se están produciendo desde la caída del Telón de Acero son como las luchas entre las distintas colonias de hormigas. Podemos pensar que los individuos son importantes, pero realmente no es así, puesto que dentro de 100 años habremos muerto todos, de una forma o de otra, y sólo quedará nuestro legado.
            En el siglo XX se produjeron varios hechos históricos de importancia capital para comprender lo que está pasando hoy en día. Como es natural, las cosas no ocurren porque sí, sino que tienen un origen, unas causas que producen unas consecuencias. Y esas consecuencias son las que estamos viviendo ahora mismo. Lo primero que se produjo fue una gran guerra civil europea, con una tregua de por medio de 25 años. Esa gran guerra civil europea fueron las dos guerras mundiales, aunque en ella participaron países de fuera de Europa. La gran guerra civil europea supuso varias cosas: el fin de las guerras entre hermanos de la misma civilización occidental, ya que desde entonces no ha vuelto a ocurrir algo así y los países europeos se han ido uniendo bajo la bandera de la Unión Europea; el otro hecho fue la puesta en práctica de una ideología comunista en un gran país como Rusia, el cual alcanzó con ella cotas de poder que hasta entonces nunca había alcanzado bajo el yugo de los zares.
            Prácticamente el resto del siglo XX estuvo encauzado con la lucha de ideologías. Se formaron dos bloques antagónicos, el occidental y el comunista, basados ambos en cuestiones ideológicas. Se creó, posteriormente, un tercer bloque, los no alineados, conociéndose como el Tercer Mundo, aunque después esta denominación tuviera carácter peyorativo debido a la pobreza de la mayoría de sus miembros.
            Hasta la caída de la URSS las naciones no se juntaban por la civilización a la que pertenecían, sino por ideologías: si eras demócrata, a la OTAN (aunque podías no ser comunista pero tampoco demócrata y querer participar de ésta, por lo que te permitían ser país asociado, aunque no miembro, como le ocurrió a la España de Franco, que no entró en la OTAN hasta que éste murió y le sucedió una democracia); si eras comunista, al Pacto de Varsovia; si no querías decantarte por ninguna de las dos alianzas, al Tercer Mundo. ¿Qué ocurrió cuando cayó el Telón de Acero y la URSS se desmembró? Pues que cada gallina a su gallinero y la gran mayoría de los antiguos miembros de las dos alianzas fueron a juntarse con los que más se parecían a ellos, es decir, con los países hermanos de su propia civilización. Por ejemplo, los países bálticos se unieron a la OTAN y a la Unión Europea, al igual que Polonia, República Checa y Hungría, antiguos países comunistas, y Austria y Finlandia, países que no lo eran pero estaban obligados a permanecer neutrales por orden del Politburó. En cambio, países como Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, etc, fueron asociándose con la antigua Rusia, que comenzaba a encabezar la civilización eslava y ortodoxa. Por ello, sinsentidos como que Grecia pertenezca a la Unión Europea es ahora visto por muchos como un error, ya que el mismo Putin ha dejado claro que si Grecia quiere dejar de pertenecer a una Unión Europea que la reprende continuamente por su mala gestión del país, Rusia la acogería con agrado. Que los griegos ortodoxos anticomunistas se unieran a la OTAN contra la URSS, no significa que ahora odien a Rusia, que ya no es comunista y está más cercana a su sentir que Europa occidental.
            Lo que está ocurriendo en el mundo desde la caída del comunismo es una reorientación de intereses y alianzas. Así, el mundo occidental, la civilización más fuerte, ha iniciado un combate feroz contra la civilización islámica, la antigua enemiga religiosa. Desde el 11-S hemos invadido varios países islámicos y hemos acogotado al resto. Queremos que estén calladitos mientras ven cómo Occidente se hace con sus recursos y coloca gobiernos afines a sus propios intereses. Los occidentales, las hormiguitas, no entendemos que unos cuantos locos se inmolen y ponemos el grito en el cielo cada vez que eso ocurre en París, o en Londres, o en Madrid, o en Nueva York, pero nos da igual que lo hagan en todos los países de África o Asia, a no ser que caigan turistas occidentales, que entonces si que la noticia requiere gran cobertura. Los miembros del resto de civilizaciones no son tontos, ni siquiera los musulmanes, por lo que ellos ven lo que nosotros no queremos ver. Como dice Samuel P.Huntington, en su libro Choque de civilizaciones, acerca de las pretensiones universalistas de nuestra civilización, queriendo que todas las naciones sean demócratas y tengan nuestros mismos valores: «La hipocresía, los dobles raseros y los “sí pero no” son el precio de las pretensiones universalistas. Se promueve la democracia, pero no si lleva a los fundamentalistas islámicos al poder; se predica la no proliferación nuclear para Irán e Irak, pero no para Israel; el libre comercio es el elixir del crecimiento económico, pero no para la agricultura y la ganadería; los derechos humanos son un problema con China, pero no con Arabia Saudí (n.a.: nuestro socio); la agresión contra los kuwaitíes que poseen petróleo es enérgicamente repudiada, pero no la agresión contra los bosnios, que no poseen petróleo».
            Este autor explica con ese párrafo los sentimientos de aquellos que ven claras nuestras ansias de hacernos con el planeta, a nuestro gusto, con los dobles raseros que nunca deben existir y yo repudio constantemente, tanto en la política como en la justicia como en cualquier tema. Pero los occidentales no queremos ver ese doble rasero. No nos importa, que te calles, que no te escucho. Yo llevo un tiempo diciendo que EE.UU. no puede decirle a Irán que no debe tener armas nucleares, cuando posee el mayor arsenal de armas nucleares del planeta. Con esto no quiero decir que yo esté de acuerdo con que Irán posea armas nucleares, sólo incido en la incoherencia resultante. Es como si el presidente de la comunidad de vecinos de tu edificio te dijera que no puedes tener perro en tu casa, por estar prohibido, mientras él tiene siete u ocho.
            Y nosotros, las hormiguitas humanas, somos prescindibles. Todos somos prescindibles, incluidos los presidentes, porque ellos pasarán, tarde o temprano, y lo único que quedará será el legado de la civilización occidental. Al igual que millones de hormiguitas humanas fueron lanzadas contra las ametralladoras durante la gran guerra civil europea, sin importarles un pimiento a sus dirigentes, los caídos por los atentados yihadistas tampoco importan mucho. Otra cosa es que se den golpes en el pecho, pero les da igual. Y es comprensible, porque en una Europa de 500 millones de occidentales, que caigan 132 es un número totalmente irrisorio. Por supuesto que tienen que acudir a actos donde se vean compungidos por la matanza, para mantener las formas y porque el resto de la población, la que debe tener miedo y apoyar sus reformas antiliberales, son las que tendrán en su mano el voto para las siguientes elecciones. Pero las 132 víctimas de París eran sólo peones del gran juego. Los dirigentes occidentales son también piezas de ese gran juego que se juega a nivel planetario, el juego de las civilizaciones, aunque sean piezas de mayor calado, pero son también prescindibles. Quizá haya que sacrificar a alguna de ellas con tal que sobreviva la pieza maestra, que es nuestra civilización. Lo demás no importa.
            Saber esto tampoco va a cambiar nada, pues como hormiguitas humanas que somos no podemos cambiar las reglas del juego, sólo podemos atenernos a nuestra labor diaria, que es pagar los impuestos y estar dispuestos a ser sacrificados en aras de una jugada mejor. Pero sabiéndolo nos da la posibilidad de intentar vivir mejor lo que nos quede de juego a cada uno de nosotros, sin odios ni rencores que no llevan a ninguna parte, pero que nos hacen más infelices.

            El Condotiero