viernes, 18 de diciembre de 2015

Prólogo y primer capítulo de mi novela El Hijo del Halcón-Profecía



Prólogo

La lluvia era pegajosa. Cuánto se parecía a las trombas de agua que caían en las semanas estivales, pero claro, estaban a la mitad del invierno. Aún así, Franz vestía pantalones y blusa ligeros. El chico se preguntaba qué habría pasado en los siglos anteriores a su nacimiento, hacía ahora casi quince años, ya que los últimos veranos se habían ido alargando de forma gadual, hasta dejar al invierno apenas unos cuantos días de vida, como si su existencia testimonial tuviese sentido solo para poder seguir celebrando las fiestas del Solsticio.
Franz Shoóster se dirigía hacia las caballerizas. Debía ensillar uno de los caballos de su señor. Como escudero novel estaba entre sus funciones el tener preparada la montura antes del amanecer. Él no acompañaría al conde en su mañana de trabajo. Nunca lo hacía. Dichoso trabajo aquel de cabalgar y cazar alimañas rodeado de amigos. A Franz le gustaban los caballos pero, como el humilde hijo de zapatero que era, no había tenido oportunidad de conocerlos con anterioridad, solo de lejos. Pero en este último año, su dedicación a ellos era casi completa, aunque lo único que había conseguido montar eran potros de escasa valía. Aún así, todavía seguía soñando que era un gran caballero cuando trotaba sobre uno de ellos durante las prácticas de equitación dentro del castillo.
―Eh, Franz, ¿qué caballo quiere el conde para hoy?—preguntó Willie, el escudero de armas del conde.
―«Nada de caballos, muchacho. Hoy prepárame a Estrella»—contestó Franz, con una voz gutural que no le correspondía y que Willie acompañó con un par de carcajadas.
―Pues si el conde requiere su yegua favorita, dudo que vaya de caza. Además, tampoco me ha ordenado que limpie sus venablos...
―Qué extraño…todo el castillo sabe que hoy sale de caza…
―Tú prepárale a Estrella y cumple sus órdenes; «zapatero a tus zapatos»—terminó diciendo Willie, no sin sorna.
Franz no puso mala cara. Estaba acostumbrado a la chanza desde hacía casi un año. Justo desde aquel feliz día en el que había sido enviado al castillo del conde por mandato del alguacil del pueblo. Un feliz día que contrastaba con el aciago día, una semana antes, en el cual sus padres habían muerto debido al incendio fortuito de su casa-taller. Sus dudas sobre qué sería de él, habiéndose quedado sin familia y sin hogar, se habían desvanecido cuando el conde en persona le acogió y le dio la oportunidad de servirle como escudero, aunque ni tenía ascendientes nobles, que él supiera, ni mostraba grandes aptitudes guerreras ni tampoco el conde era conocido por ser un piadoso creyente.
En realidad, no era el mejor escudero del reino, ni siquiera del castillo, pero sí era curioso y poseía una gran retentiva. La vida como escudero le llenaba más que la anterior vida de forzoso aprendiz de zapatero, de la cual solo echaba de menos el amor de sus padres. Debía acostumbrarse. Aquella vida ya no volvería.
Decidió, puesto que no tenía nada mejor que hacer, ensillar a Chusco, el potro más tranquilo de las caballerizas, y escapar unas horas del castillo, con la excusa de que necesitaba entrenar un poco más el arte de la monta, excusa que, por otro lado, no estaba exenta de veracidad.
No sabía las palabras adecuadas para poder explicar la sensación de libertad que lo envolvía en las pocas ocasiones en que había tenido oportunidad de salir a montar fuera del castillo. Tampoco es que pretendiese hacerlo. Solo era algo que quería guardar para sí, desconociendo que, quizá, esa misma sensación la estuvieran experimentando cientos de escuderos noveles por toda Astiria. Cabalgaba por los extensos prados que rodeaban la colina sobre la que se asentaba el castillo condal, prados verdes henchidos de agua de la lluvia matinal que, aunque ahora extinta, se evaporaba debido al incipiente sol invernal de esta insólita época. Creía que no tenía un camino predefinido, que su único deseo era evocar de nuevo los sentimientos que le producían el jugar a que no era un muchacho de apenas ocho palmos de altura, sino un poderoso caballero de al menos diez, aunque en el fondo de su privilegiado cerebro supiese que no era cierto.
Quizá fuera el azar, o el destino, o una rara concatenación de ambos el que hiciera que se fijara en que, muy por delante de él, aparecía la figura de un jinete sobre una magnífica yegua blanca. No es que fuera capaz de distinguir desde tal distancia si era un caballo o una yegua, pero no hacía ni una hora que había palmeado el poderoso cuello de Estrella antes de ensillarla para el conde.
Sin meditarlo en profundidad, tomó la resolución de seguir a su señor procurando pasar inadvertido, más como un juego para su preparación como futuro combatiente que con una intención inconfensable de huroneo.
Al cabo de lo que podría creer que serían unos quince minutos, Franz observó desde la distancia que su señor iba camino del bosque Dúnkel, extraño lugar escogido para cazar, aunque, claro, el conde no iba ataviado para la caza, ni montado en uno de sus corceles de caza, ni armado con alguna de sus muchas azagayas de caza, ni siquiera, y eso era lo más raro, acompañado de su inseparable cortejo de caza. Acaso esa inconfesable intención de huroneo sí que empezaba a hacer mella en su ánimo, por lo que, con un naciente hormigueo que comenzó a subirle desde la parte baja de la espalda, determinó acabar lo que había comenzado y apremió a Chusco para que tomara la misma dirección, aunque manteniendo un razonable intervalo entre ellos, para intentar pasar lo más desapercibido posible.
Al rato, el conde desmontó y entró en el bosque con su yegua de la brida, cosa que no extrañó a Franz, ya que no vio ningún sendero por el que se pudiera entrar montado hacia la espesura que se adivinaba. Lo que sí le pareció curioso fue que el conde se introdujera en el bosque. Él no sabía qué se podía hacer en un bosque si no era cazar.
El chico estaba inquieto, pues nunca había puesto pie en el bosque Dúnkel, del que las leyendas que se contaban a la luz de las hogueras nocturnas decían que había estado habitado por duendes o gnomos, seres depositarios de un saber ancestral ahora desaparecido. Y ya se sabe, se teme más a lo desconocido que al peligro cierto.
Franz decidió entrar por el bosque desde un punto distinto al iniciado por su señor, con idea de atar a Chusco en una rama de alguno de los árboles del lindero del bosque, pero bien escondido para que no se pudiera ver desde fuera de aquel. Tardó más de lo normal en anudar las riendas a una rama que creyó adecuada para tal propósito, porque parecía que sus dedos habían decidido independizarse del resto de su cuerpo y no le hacían caso, o más bien era todo su cuerpo el que se rebelaba ante la estúpida aventura que capitaneaba su mente. Arrancó algunas hojas de una rama del abedul al que había atado a Chusco y, sin caer en la cuenta de lo singular de su existencia en esa época del año, las estrujó y se las acercó a su nariz, brotando una fragancia de efectos terapéuticos que tranquilizaron sus nerviosas extremidades para, acto seguido, cortar en diagonal hacia el posible camino tomado por su señor. Por fin iba a tener una oportunidad de poder probar sobre el terreno su habilidad en el juego de esconder, el cual practicaba con asiduidad con sus compañeros en el castillo, en el que, si bien no era el más fuerte, sí tenía fama de merodeador.
Un ruido proveniente de más adentro hizo que sus pies se detuvieran y vislumbró entre los árboles unas conocidas grupas blancas que seguían adentrándose por la espesura. Franz siguió al conde hasta que este paró y ató las riendas de su yegua a un tronco muerto, para, sin perder más tiempo, continuar andando hacia el interior del bosque.
Sorprendido por el inusual comportamiento de su señor, Franz siguió un camino paralelo, tratando de evitar que Estrella pudiera delatarlo al pasar por su lado, con algún inoportuno relincho, hasta que distinguió un poco más adelante lo que parecía un claro en este desconocido bosque. Siguió un poco más y se escondió detrás de unos arbustos entre dos grandes robles, los cuales le permitían una magnífica vista del claro sin, creía él, la posibilidad de ser descubierto.
Jamás había visto a alguien con el pelo color rojo fuego, aparte de a sí mismo, y nunca en una melena tan larga como la que lucía la alta y estilizada mujer que estaba de pie junto a su señor, con su piel nacarada que pareciese que jamás un rayo de sol había tocado su cuerpo, pero a la vez de una belleza inusual. Su larga túnica negra con capucha, ahora bajada, tampoco era un ropaje habitual.
Pudiera ser que ambos ya se conocieran de antes, puesto que la conversación que mantenían parecía una discusión, sobre todo por los gestos de sus manos al hablar, ya que desde la distancia era incapaz de distinguir sus voces. En un momento dado, la mujer se abalanzó sobre el conde y lo besó, de forma que, a partir de ese instante, tomó el control de la situación, llevando al hombre pegado a su boca casi a rastras, como si fuera un muñeco de trapo, hasta una roca rectangular casi perfecta situada en el centro del claro, la cual parecía fuera de lugar. Los ojos de Franz fueron atraídos hacia los laterales de ese extraño cubo rectangular de piedra, antiquísimo, recubierto de unos misteriosos e indescifrables símbolos. Alguien, hacía mucho tiempo, había invertido gran cantidad de trabajo en tallarlos, para yacer ahora abandonados, allí, en ese intransitado bosque.
La mujer tumbó al hombre sobre el cubo de piedra, sin dejar de besarlo, y acto seguido se subió a horcajadas sobre él y se remangó la túnica, por lo que Franz pudo observar sus largas piernas blancas, en contraste con la túnica negra. La desconocida de larga cabellera roja, mientras besaba al conde, metió su mano dentro de su alta bota derecha y, en un único y fugaz movimiento, extrajo un largo estilete y le atravesó el corazón.

1

Triste efeméride

4—7—3327 d.W.

Wolff estaba casi borracho. Pero ya no podría estarlo más, puesto que se había quedado sin un solo cobre para comprar otra jarra de eso que llamaban vino, que aunque de sabor nauseabundo, le servía para alejar sus fantasmas.
No era un día cualquiera: hoy hacía quince años que su amigo Fréinhard había muerto de forma poco natural. Que Fréinhard fuera el último rey de la Casa Goett y que muriera sin descendencia podría ser algo importante para los demás, algo de todas formas ya olvidado, pero para él era su rey, su amigo, su protegido y su protector, pues se habían criado juntos desde que nacieron. Fréinhard había sido el príncipe heredero del reino de Míttig. Él, en cambio, era el hijo de la comadrona del Palacio Real, la que atendió a la reina tan embarazada que, apenas tres horas después de ayudar al alumbramiento del heredero, trajo a Wolff al mundo. Llegó como avisando que jamás abandonaría al príncipe.
Esa promesa alumbrada pero nunca pronunciada no se cumplió y desde entonces estaba acabando con él sorbo a sorbo, al menos en días como aquel, de aniversarios y recuerdos.
Entremezclaba estos pensamientos recurrentes con los nuevos acerca de la solitaria taberna, algo desvencijada, en la que se había refugiado para conmemorar tan infeliz efeméride. La única del pueblo. Del pueblo de…No se acordaba, qué más da, reflexionó, uno más de los que se desparraman por este inmenso valle denominado Míttig. Nunca había salido de él, o eso creía recordar, aunque tampoco sabría asegurar por qué. ¿Qué buscaba? Fue nombrado caballero a la edad de catorce años. Los ahorros de toda la vida de su padre, el cirujano, le ayudaron a comprar su primera armadura y su corcel de guerra, aunque mayor fue la ayuda de su amigo Fréinhard, el heredero de la Corona. Pero fracasó en su misión más importante: defender la vida de su príncipe, ya convertido en rey, o de su amigo, o de ambas cosas. Desde entonces andaba errante, sin misión reconocida, con retales herrumbrosos de armadura y caballo viejo, alquilando su espada de vez en cuando para poder guardarse unas míseras monedas y partir hacia otro lugar, y vuelta a empezar.
―Hola, Megg—gritó un hombre que acababa de entrar en la taberna—¿Te has enterado que ha muerto el conde?
―¿Cuándo?—preguntó la tabernera, sorprendida.
―No sé. Hoy…o ayer, pero lo han encontrado esta mañana muerto del todo...
―¿Qué conde?—preguntó Wolff, despertado de sus ensoñaciones.
―¡Qué conde va a ser! Pues el conde de Zárich, ¿no?—respondió Megg.
―Sí, claro—dijo a su vez el visitante, mirando a Wolff, y, volviéndose de nuevo hacia la tabernera, prosiguió—. Lo han encontrado en el bosque, el bosque Dúnkel. Por lo que he podido enterarme, un escudero encontró esta mañana el caballo del conde atado en el lindero del bosque y lo llevó al castillo, desde donde partió un destacamento de búsqueda que a media mañana logró dar con su cadáver en medio del bosque.
―¿Y cómo murió? ¿Algún accidente?
―No sé más. Todo es muy misterioso. A mí me lo han dicho a modo de confidencia—dijo el visitante, dándose importancia, mientras miraba de soslayo al que parecía ser un caballero venido a menos.
―¿Dónde vamos a ir a parar? Bueno, ahora el joven señorito Garn será el nuevo conde. Espero que nos baje los impuestos.
―Ja, ja, ja—rieron al unísono la tabernera y el visitante.
Wolff decidió que debía darle una oportunidad a ese lugar. Un cambio de conde, sobre todo si el nuevo era joven, era una buena ocasión para pasar unas semanas en un castillo, pues solía ocurrir que el nuevo conde quisiera rodearse de caras nuevas, gente que no juzgase sus actos en comparación con los del anterior. El problema radicaba en que su porte no era el adecuado para presentarse ante nadie y tampoco es que pudiera hacer nada al respecto. Aunque…
―Estimada señora…—se dirigió Wolff a la tabernera con la mejor de sus sonrisas, una vez que el visitante había abandonado la taberna, sin tomar nada, por lo que suponía que la taberna habría sido una de sus muchas estaciones de cotilleo de esa noche—¿Hay algún herrero en el pueblo?...Herrero armero, quiero decir…
―Sí… Bálmuth. Sobre todo es herrador de caballos y trabaja aperos del campo, pero hace muchos años fue soldado, por lo que sabe hacer cuchillos e incluso una vez regaló una espada al conde. Hecha por él mismo, ¿sabe?
―Supongo que es tarde para ir a visitarlo…¿Sería usted tan amable de permitirme dormir en el establo esta noche?—y ante la mirada de suspicacia que le lanzó la tabernera, Wolff continuó—Señora, soy un caballero sin fortuna, pero honrado como el que más. Le juro por Wórldrig, quien todo lo ve, que no albergo intenciones aviesas—manifestó, cerrando su puño derecho sobre el corazón.
La tabernera meditó unos segundos, mientras observaba con experimentados ojos la figura del solitario caballero: era alto, más de lo normal, y parecía fuerte, aunque no de esos cuya musculatura sobresaliese de sus ropas, pobres en este caso y que evidenciaban una ajetreada vida. Sus ojos eran negros, profundos, pero sinceros. Y su barba, corta, aunque descuidada. Su cabello oscuro, con algunas hebras grises, pedía a gritos el concurso de un barbero.
―Época extraña es esta, en la que el invierno es verano, los condes mueren solos en medio de un bosque y los caballeros piden favores con amabilidad…Solo por esta noche y, como vos decís, ¡que Wórldrig esté vigilante!—sentenció Megg.
Era cierto. Los caballeros suelen creer que tienen más derecho que el resto, solo por llevar calzadas unas espuelas de oro, ¿o sería por lucir una espada al cinto? Pero Wolff había aprendido, después de tantos años de vagabundeo, que una palabra amable a veces tenía más fuerza que la mejor de las espadas y, si estas se tasaban por el número de sus muescas, la suya sería la mejor del reino, ya que hacía demasiado tiempo que no la afilaba como un buen acero merece. Además, él no poseía espuelas de oro. Las había vendido hacía ya tantos años que casi no recordaba el haberlas poseído.
Al alba, después de dar de comer a Hálsigg, su vetusto caballo, Wolff se dirigió de nuevo a la taberna para agradecer a Megg su hospitalidad y despedirse de ella, aprovechando la ocasión para preguntarle cuál era la casa del herrero. Una vez satisfecha su curiosidad, se dirigió calle abajo. Aprovechó la luz de la mañana para echar un vistazo al pueblo, ya que cuando llegó el día anterior era de noche y, aunque era evidente que el pueblo era la típica agrupación de casas de campesinos alrededor del camino, no pudo estudiar el número de construcciones y su ubicación exacta, como solía hacer cada vez que llegaba a un nuevo lugar. Vicio de profesión: posible pendiente, campos y bosques cercanos, fuente de agua y, sobre todo, mejor dirección de rápida fuga.
Megg le había dirigido calle abajo. Solo existía esa posibilidad, además de la de calle arriba. No tendría más de cincuenta casas, aunque no más de treinta parecían formar el núcleo del pueblo. Mientras calculaba esas cifras, a la quinta casa calle abajo se topó con una cuya parte baja tenía todas las cualidades para ser una herrería, incluyendo al fornido hombre, vestido solo con unos pantalones y un mandil, que golpeaba una barra de hierro con un martillo de cabeza cuadrada. Se paró un momento mientras estudiaba la situación: nada de armas colgadas, ni partes de armadura y lo que era peor, lo que seguro era su casa en la planta superior, expuesta a cualquier chispa volátil desde la forja. Decepción. Sí, esa era la sensación, pero Megg ya le había avisado y ya debía suponer que no podía esperar encontrar, en medio de este poblacho, un armero de calidad, como los de Héisserl. Héisserl, cómo la echaba de menos. La capital del reino de Míttig. Se veía con dieciséis o diecisiete años menos, junto a Fréinhard, vestidos los dos con sus peores ropas para poder escaparse del Palacio Real y jugar a que eran solo dos amigos normales con ganas de conocer mundo y realizar alguna que otra travesura. Wólmagg, el armero tuerto de la calle de los Yunques, persiguiéndoles a través del mercado después que, en un descuido de este, ellos echaran bostas de caballo dentro de la crepitante forja. Una amarga sonrisa se le dibujó en su curtido y poblado rostro.
―Buenos días. ¿Es usted Bálmuth, verdad?—preguntó Wolff.
―Sí, señor. Buenos días tenga usted. ¿Qué se le ofrece?—dijo el herrero, con el martillo detenido sobre su cabeza, entre golpe y golpe, y estudiando al desconocido que llevaba en una mano las riendas de su caballo.
―Soy thore Wolff, un caballero errante que desea presentarle sus respetos al conde de Zárich y necesito la ayuda de un buen herrero y Megg me ha recomendado que le visite—aduló Wolff.
―Pues llega usted tarde a lo que parece, thore. Anoche me dieron la noticia de su muerte…
―Al nuevo conde me refiero, una vez que sea nombrado, claro.
―¡Pues sí que corren rápido las noticias! Creo que fue ayer por la mañana cuando fue hallado muerto y yo me enteré poco antes de acostarme—el herrero se quedó mirando a Wolff—¿Venís de Zamblia, thore?
―No. Anoche estaba en la taberna y allí escuché lo de su muerte. Estoy en el pueblo de paso, pero aprovecharía la oportunidad para conocer al nuevo conde y ahí es donde necesito su ayuda. Tengo una armadura muy usada y no está completa, pero solo necesitaría que me prestase el tonel para desherrumbrar la cota.
―¿Y el peto?
―Aceite tengo y paños y cepillos también, solo el tonel.
―¿No quiere que se la apañe yo, thore?
―Verá, Bálmuth…Tengo la bolsa vacía y no puedo pagarle por tu trabajo, pero si fuera tan amable de prestarme el tonel y un martillo para quitarle un par de abolladuras al peto, podría presentarme ante el nuevo conde con un mejor aspecto y, quizá así, podría conseguir un puesto en su castillo y después le recompensaría de forma adecuada.
―Hjumm…ya veo—pensaba el herrero mientras con una mano se frotaba la barbilla y con la otra sostenía el martillo.
―No tenéis nada que perder, Bálmuth. Yo haré todo el trabajo y si no consigo nada no me volveréis a ver, pero si consigo un puesto con el nuevo conde, volveré y os pagaré como si el trabajo lo hubierais realizado vos—negoció Wolff, acostumbrado a esos pobres menesteres.
―¡Por Wórldrig que me gusta ese trato!—sonrió el herrero—Podéis dejar el caballo atrás, junto con el resto de vuestras pertenencias, si lo deseáis.
Durante todo el día Wolff estuvo adecentando el peto, los quijotes y las grebas, ya que eran las únicas partes de armadura rígida que le quedaban, porque ir de caballero errante con armadura completa suponía una agonía, tanto para él como para el caballo. Además de resultar caro. De hecho, no solía usar ni los quijotes ni las grebas, pero pensaba que era mejor conservarlos. Lo peor fue hacer rodar el tonel de arena en el que había introducido la cota de malla. Esta hacía ya mucho tiempo que no la cuidaba como debía y requería más trabajo de la cuenta. Por fortuna, el herrero se apiadó de él y, cuando se fijó en que chorreaba mares de sudor, se acercó a echarle una mano y entre los dos acabaron más rápido. Incluso le invitó a una jarra de cerveza fría dentro de la casa una vez que hubieron terminado.
Cumplido su objetivo, Wolff se dirigió al pozo del poblado para poder refrescarse y limpiarse el sudor y se percató de que era demasiado tarde para acercarse al castillo, por lo que dio las gracias al herrero y se dirigió de nuevo a la taberna. Megg lo saludó al entrar y le dio permiso para pasar otra noche en el establo. Aunque aún no había anochecido, se dirigió hacia allí, pues no tenía una sola moneda que gastar en bebida o comida y no quería abusar de la hospitalidad de la tabernera.
Con todos los músculos de su cuerpo doloridos, cayó rendido sobre la paja del establo, no muy fresca, la verdad. Aún así, no conseguía conciliar el sueño. Llevaría una media hora o más allí tumbado cuando oyó unos ruidos diferentes a los que hasta ahora había estado escuchando, que eran los de su estómago protestando por la falta de alimento. Parecían voces provenientes de la taberna, por lo que se levantó y se ciñó su espada mientras se dirigía hacia allí, con la intención de ayudar a Megg si esta se encontraba en apuros. Cuando entró se topó con que varias mesas estaban ocupadas. Al menos había doce personas, por lo visto lugareños. Todos se le quedaron mirando, detenida la conversación que mantenían. No se extrañaron demasiado de su presencia, por lo que la noticia acerca de que un caballero había estado trabajando con Bálmuth el herrero ya se habría difundido por el pequeño pueblo.
La conversación prosiguió y, por lo que hablaban, no era él el protagonista, sino la inesperada muerte del conde, que era el señor de todos ellos. Se dirigió a un rincón de la sala y se sentó allí mientras escuchaba. Tuvo que hacer un buen ejercicio de limpieza de lo que iban comentando, puesto que había más elucubraciones que noticias ciertas. Era evidente que no sabían demasiado. Además de lo que había escuchado allí mismo en la noche anterior, solo sacó en claro que el joven escudero que había encontrado la yegua, que no un caballo, se llamaba Franz Shoóster y era originario de este pueblo.
―Siempre dije que ese chico atraía los problemas—dijo un hombre barbicano y de piel curtida que, por sus manos, se trataba con toda probabilidad de un campesino.
―Sí, siempre lo dijiste, Córner, pero recuerda que el chico solo encontró abandonada la yegua—contestó Megg—. Es más, si el chico no la hubiera encontrado, todos se estarían volviendo locos buscando todavía al conde.
―Pero ej verdá que er niño tié marfario, Megg. Primero lo de su kely y ahora ejto…Yo no marrimaré a él, por ji laj moscaj—sentenció un grandullón sentado al lado del que había hablado antes de él, mientras colocaba el pulgar y el índice de la mano derecha en forma de pico y se los besaba. Varios de los hombres de alrededor gruñeron y asintieron con la cabeza sus palabras.
―La verdad es que era un buen chico. A mí me ayudó en más de una ocasión y nunca pedía nada a cambio—intervino un hombre muy mayor que podría ser el más viejo del pueblo.
―¿Veis? A mí también me cambiaba de vez en cuando la paja del establo y desde que se ha ido él, lo tengo que hacer yo sola.
―Nadie ejtá diciendo que er chavea sea malo ni ná por el ejtilo, pero raro jí que ej, por lo menos eje pelo rojo que tié—dijo de nuevo el grandullón.
―Y esos ojos violeta, que parecía que traspasaba con ellos—apostilló Córner. Wolf se quedó en esos momentos sin respiración.
―Sí, sí. Ese pelo color fuego fue el que atrajo al fuego a su casa, matando a sus padres mientras él se salvaba—decía otro, con la jarra en la mano mientras negaba con la cabeza.
―Entonces…el chico que encontró la yegua del conde, ¿vive en este pueblo?—preguntó Wolff, hablando por primera vez. El resto de la concurrencia se volvió hacia él con ojos curiosos.
―No. El chico era de este pueblo y vivía aquí hasta que hubo un incendio que acabó con su casa y la vida de sus padres—le informó Megg.
―Pero…¿nació aquí?—le preguntó de nuevo Wolff.
―Sí, creo que sí.
―No—respondió el anciano con rotundidad—. Recuerdo que cuando sus padres se instalaron en el pueblo venían con la criatura en brazos. Una buena mata de pelo rojo, aunque no creo que tuviera ni veintiséis semanas. Y unos enormes ojos violetas que lo miraban todo. Lo recuerdo perfectamente porque mi Wunilda, que Wórldrig la tenga a su vera, mantuvo al chico entre sus brazos y me lo comentó cuando volvió a casa.
―¿Dónde vive ahora? Con sus familiares de otro pueblo, ¿no?—volvió a preguntar Wolff, cuyos dedos parecían bailar una giga sobre sus muslos.
―No, el chico no tenía más familia. Así que se quedó huérfano—observó Córner—. Y eso es lo más raro de todo. El incendio, que fue hace cosa de un año, dejó al muchacho sin nada y sin nadie, y no es que la gente de este pueblo seamos malos, señor, pero entre lo del pelo rojo y la mala suerte del incendio, nadie quiso acogerlo. Ya sabe usted, al mal agüero es mejor mantenerlo alejado. Bueno, pues eso, que el conde llegó y se lo llevó al castillo. Ahora está muerto—afirmó, echando una mirada de reojo a la tabernera.
―¡No digas sandeces!—subió el tono Megg, para dirigirse a continuación a Wolff—Yo lo acogí aquí en la taberna, al menos por unos días. ¿Qué iba a hacer? Un chico de unos catorce años que había sufrido semejante desgracia y que siempre había sido muy amable conmigo. El caso es que Franz estaba muy triste y yo no sabía qué iba a pasar con él y estuvo aquí en la taberna casi una semana. Yo casi me había hecho a la idea de que se quedaría a vivir conmigo y me ayudaría con el negocio, ya que Wórldrig se llevó a mi marido muy joven y no me dio ningún hijo para poder recordarle. Total, que había pasado casi una semana cuando llegó el alguacil de la comarca y le dijo a Franz que recogiera sus pertenencias, que lo llevaba al castillo del conde, donde este le iba a procurar un puesto de escudero, creo recordar. Yo me sorprendí, la verdad, ¿cómo era posible que el conde supiera de la existencia de Franz? Es verdad que su padre era buen zapatero y había fabricado varios pares de botas para el conde, pero de ahí a quedarse con él hay un trecho. También pensé que el conde pudo enterarse por el alguacil de la desgracia de la familia Shoóster y se apiadó del chico.
―Claro, claro, seguro que fue eso lo que ocurrió—comentó Córner, con una gran sonrisa en su boca.
―Pues no sé si fue eso lo que pasó, pero lo que sí sé es que el conde lo acogió en su castillo y desde entonces le ha dado de comer, que es bastante más de lo que hizo cualquiera de vosotros por él—replicó Megg, con claros síntomas de enfado.
―Y ahora él está muerto y nosotros vivos—respondió Córner, con un gesto de triunfo en su cara, mientras en el resto de la sala reían y asentían, como si el comentario le hubiera hecho vencedor de un concurso de dialéctica, y prosiguió, levantando sus manos—y a saber si él solo encontró al conde muerto o lo mató y después dijo que lo encontró…como lo de la casa, que fue el único que se salvó del incendio…
―¡Córner! ¡A tu casa ya!—gritó Megg—Tu mujer tiene que estar esperándote, si todavía te aguanta. Y no vuelvas a lanzar infundios. El chico no encontró el cadáver del conde, solo encontró a su caballo o su yegua o lo que sea que fuera y si hubieras vivido con él, como hice yo después del incendio de su casa, te habrías dado cuenta que el muchacho estaba destrozado por la pérdida de su familia. Además, siempre fue un chico dulce y simpático, incapaz de hacer daño a una mosca. La verdad, no sé por qué se lo llevó el conde para aprender a ser escudero. Franz nunca será caballero, ni por cuerpo ni por pensamiento.
La taberna se fue despejando. Los parroquianos iban saliendo mientras comentaban lo allí escuchado, hasta que, pasados unos minutos, Wolff se quedó a solas con la tabernera. La miró por unos instantes y ella a él, con los brazos en jarra, como pensando «atrévete a decir algo en contra, que tengo de sobra para todos».
―Sé que no soy el más adecuado para decirte esto, pero gracias—dijo Wolff, bajando el tono.
―¿Gracias por qué?—preguntó una Megg más tranquila pero algo confusa.
―Pues porque aunque no conozco a ese chico ni es algo que vaya conmigo, creo que nadie te ha agradecido nunca lo que hiciste por él, observando el comportamiento de tus vecinos, por lo tanto lo hago yo, un desconocido: gracias.
―No hay de qué—contestó una sonriente Megg que, de pronto, miró al pobre caballero con otros ojos y después de pensar un momento, continuó—¿Queréis pasar esta noche arriba? El establo no creo que sea muy cómodo…
―Os lo agradezco Megg, pero no, no me malinterpretéis—contestó Wolff mientras estudiaba la figura de la tabernera de otra manera: si bien sus mejores años habían ya pasado, estaba lozana y debía estar muy mullida, además, su misión era otra—. Solo deseo poder descansar esta noche para dirigirme mañana al castillo. Si queréis, podéis darme algún mensaje para el chico, en caso de que lo vea por allí.
―De acuerdo…Pero quedaos un rato más. Supongo que no habréis comido nada en todo el día. Os traeré un cuenco del puchero y una jarra de cerveza, y lo mismo para mí; mientras cenamos, me podéis contar algo de vos.
A la primera luz de la mañana, que entraba por el vano sin puerta del pequeño establo de la tabernera, se despertó Wolff, arrepentido de no haber aceptado la propuesta de Megg. Había estado lloviendo por la noche y el techo necesitaba una reparación de urgencia, por si había otros caballeros errantes y con telarañas en sus bolsas que solicitasen pasar la noche en el establo. Al menos no hacía frío, teniendo en cuenta que estaban a mitad del invierno.
No quiso despedirse de Megg. En el «Buenas noches» de la noche anterior ya estaba implícita su despedida, por lo que ensilló a Hálsigg, su viejo caballo, salió del pueblo y se dirigió hacia el oeste. El castillo se encontraba a una media hora a uña de caballo, así que decidió dar algo de ejercicio a su montura y, sin encontrarse a nadie por el camino a esas tempranas horas, antes de darse cuenta ya lo tenía a la vista. Sobre la colina, no muy alta, se extendía la mole, que carecía de foso. Sería por ello que para más seguridad habían construido una barbacana en tiempos más recientes, por lo que todavía se podía distinguir un color diferente de su piedra con respecto a la de las murallas o torreones. Suficiente para sentirse seguro en la noche, mas no para resistir un asalto empecinado por parte de un ejército grande, ni siquiera mediano. Tampoco es que estuviesen en guerra, ni que hubiera una en ciernes, al menos que él supiera, aunque era cierto que los reinos sureños de Klyne, Hápstur y Árland llevaban combatiéndose más de diez años, aunque su guerra no había afectado en nada al reino de Míttig. Por ahora.
Había tres guardias en la puerta, con los colores del conde: verde y marrón. Estaban conversando con un campesino que estaba sentado en el pescante de un carromato que, por lo que parecía, llevaba sus productos al castillo. Cuando ya se acercaba, los guardias dejaron pasar al carromato y se despedían entre risas, sosteniendo unas gordas manzanas en su mano libre. Siguió hacia la puerta y dos de los soldados soltaron, entre maldiciones, sus manzanas para agarrar las lanzas con ambas manos y cruzarlas delante de Hálsigg, por lo que tuvo que refrenarlo. Observó al tercero de los guardias, algo más mayor que los otros, con una larga barba castaña, al igual que su pelo, que levantaba su mano y le daba el alto.
―Que Wórldrig os guarde, sargento—arriesgó Wolff.
―¿Quién sois y qué deseáis?
―Soy thore Wolff y vengo con intención de despedir a vuestro señor, al que tuve el honor de poder llamarlo amigo—no era del todo cierto, si bien lo había conocido hacía muchos años, cuando vivía en el Palacio Real, siendo él aún un adolescente y el conde un joven primogénito arrogante y engreído.
―Es muy pronto todavía. Antes de ayer encontramos su cadáver en el bosque, por lo que su homenaje no tendrá lugar hasta pasado mañana. ¿Cómo os habéis enterado tan pronto de la noticia, thore?—preguntó el supuesto sargento, mientras los otros dos soldados relajaban su postura y recogían las manzanas del suelo, frotándolas contra sus calzas, para limpiarlas.
―Estaba de paso y me hospedaba en la taberna de Megg, en el pueblo. Allí me enteré de la noticia, por lo que decidí aprovechar la circunstancia antes de continuar mi camino y hacerle un último servicio al conde, a la vez que le ofrezco mi ayuda a su hijo que, si no recuerdo mal, se llamaba Garn, ¿cierto?—explicó Wolff, aprovechándose de la conversación escuchada dos noches atrás.
―Por lo que parece sí lo conocíais…Bien—terminó diciendo, a la vez que se rascaba el mentón barbado—, dirigíos hacia los establos, thore, donde podréis dejar el caballo y luego presentaos en la torre del Homenaje y preguntad por el castellano, thore Ármich—mientras le señalaba con el índice de su mano derecha ambos lugares, para después hacerse a un lado.
Wolff acicateó su montura y, después de inclinar su cabeza al sargento, agradeciéndole así su confianza, se dirigió a los establos. Desmontó a sus puertas, ante las que se encontraba lo que parecía ser uno de los mozos de cuadras, al que dejó las riendas de Hálsigg. Lo acompañó hasta la cuadra asignada a su caballo, porque tenía por costumbre tranquilizarlo él mismo a su llegada a un lugar desconocido, y vio a un chico que almohazaba a una preciosa yegua blanca y su pelo…su pelo era rojo como el fuego. Paró sus pasos mientras lo observaba trabajar y en ese momento el chico se volvió y le miró sonriente con unos enormes ojos color violeta. El corazón pareció dejar de latirle una eternidad. Después de quince años errante, sin saber si aún seguía vivo, por fin su búsqueda había concluido.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

La utopía de la Igualdad

             Continuamente nos llenamos la boca con la palabra Igualdad. Nos encanta pronunciarla, como si fuera un elixir de juventud, la panacea de todos nuestros males, que sólo deletreándola conseguiríamos, cual sortilegio, que todo lo imposible se haga posible, al menos probable.
            Como ya he comentado en más de una entrada, es uno de los valores principales de nuestra civilización occidental, uno de los pilares en los que se basaban nuestros padres de la democracia, los sabios ilustrados del siglo XVIII. Lo que no podían saber esos magníficos ilustrados es hasta qué punto hemos prostituido sus descendientes aquellas tres palabras favoritas. La Fraternidad occidental deja mucho que desear, ya que el amo es el dinero, únicamente el vil dinero. Todo lo que se hace en aras de la fraternidad tiene un fin último pecuniario: los artistas y las televisiones que hacen galas benéficas, consiguen publicidad y royalties por ella; las fundaciones benéficas desgravan en Hacienda, por lo que finalmente también poseen carácter ahorrativo; y la gente en general sólo mira por sus intereses, careciendo de la empatía necesaria para ayudar a los demás de forma altruista. Si se puede, uno se aprovecha del próximo, y lo podéis comprobar con el video viral del Dr. Gaona, que no nos deja a los españoles en muy buen lugar.
            Con respecto a la Libertad, qué decir. Creemos los europeos que nuestra sociedad es el culmen de la libertad, engañándonos a nosotros de forma continuada y perversa, porque, en el fondo, sabemos que no es así. Estamos controlados por las administraciones como nunca antes en la Historia de la humanidad, gracias a todos los nuevos aparatitos que con tanta alegría compramos. Internet es sinónimo de libertad, pero en realidad lo es del control de las personas, y, de esa forma, de nuestra falta de libertad. Dicen los «listos» que si uno no tiene nada que ocultar, no debe temer el ser controlado, pero es una falacia tremenda, ya que el control absoluto de todas las facetas de una persona lo hacen prisionero del controlador, pero, claro, el controlado ha caído bajo el síndrome de Estocolmo y llega no sólo a perdonar a su controlador, sino también a justificarlo, todo sea por nuestra seguridad.
            Pero esta entrada la he querido vincular al tercer pilar de la democracia, la Igualdad. Es gracioso que en una sociedad que es todo menos igualitaria, nos guste pregonar esa dichosa palabrita. Nadie en nuestra sociedad quiere la igualdad. Nadie lucha por ella, sino todo lo contrario. Los nacionalistas no desean ser iguales al resto de los españoles, queriendo estatutos que marquen sus diferencias y, por qué no decirlo, que remarquen que su comunidad es mucho mejor que las restantes, persiguiendo un mejor trato hacia ellos. Las feministas, por mucho que despotriquen contra el machismo, desean lo mismo pero con un cambio de sexos, es decir, quieren que las mujeres sean mejor tratadas que los hombres en todos los ámbitos de la sociedad. Los jóvenes quieren privilegios para ellos, por ser jóvenes. Los viejos desean que se les trate mejor que a nadie, ya que para algo son viejos. Los ricos quieren seguir siendo ricos y que continúen las desigualdades económicas. Los pobres no quieren que las desigualdades económicas se acoten e incluso se reviertan, que sería lo lógico, desean que continúen, pero entrando ellos, a modo personal, a formar parte del magnífico club de millonarios, por mor de una primitiva o un euromillones.
            Y no me invento nada. Esto es tan así que hasta los políticos deben redundar en las desigualdades para poder obtener votos. Por ejemplo, la ley de violencia de género es lo más desigual que hay España. Es flagrante su incorporación a nuestra sociedad, de tal modo que si dices algo contra ella eres un absoluto machista. Claro, luego ocurren cosas como la de esa mujer que se tira por un balcón, después de haber hecho lo propio con sus dos hijas, y resulta que ella es una víctima, porque padecía depresión postparto. Yo eso lo entiendo, pero me pongo a pensar qué hubiera ocurrido si hubiera sido un hombre, por padecer depresión por que le hubieran despedido del trabajo, por ejemplo. Yo, como siempre, considero que los asesinatos lo son por el hecho de serlo, no por quién los comete. De tal forma, me parece igual de deplorable que un marido mate a su mujer a que una esposa mate a su marido. Que la mayoría de casos es violencia del hombre hacia la mujer, por supuesto. Que debiera intentar defenderse a las mujeres que sufren maltrato y protegerse por todos los medios posibles, también. Pero eso no significa que miremos hacia otro lado cuando una esposa mata a su marido, por ser excepcional. Dicen que la ley trata de igualar las fuerzas, que un hombre es más fuerte que una mujer. Esto es discrepable, porque creo que una mujer con un cuchillo puede ser más fuerte que un hombre, entonces, ¿cómo aplicaríamos ahí la violencia de género? Ah, no, que no se aplica, porque sólo existe si la ejerce un hombre contra su esposa.
            Si queremos luchar contra las desigualdades y promulgar una verdadera igualdad, debemos hacerlo desde la base. Lo más importantes es concienciarse de que todos somos iguales, no solo ante la ley. Para luchar contra el machismo que durante tantos años ha existido en nuestro país, perpetuado por nuestras abuelas, todo hay que decirlo, lo primero es asegurarnos que lo hacemos desde la igualdad, porque si nos vamos al lado contrario, estamos finalmente haciendo lo mismo, pero al revés. También es importante el tener claro los datos y los números, conocer la realidad de las cosas y que no nos manipulen. Por ejemplo, con respecto a los datos que dicen que una mujer cobra de media un 24% menos que un hombre por el mismo trabajo. Para empezar, lo niego rotundamente. Probablemente haya puestos de trabajo donde esto sea así, pero no es ni mucho menos algo general. Hay tres millones de funcionarios en España, y es seguro que en ese gran estamento la igualdad salarial es patente. Cada uno cobra por el nivel que posea, ni más ni menos. Yo he trabajado durante muchos años en varias empresas privadas y puedo corroborar que en ninguna de ellas se cobraba menos por ser mujer. Cada uno cobraba a razón de su trabajo realizado, ni más ni menos, no por ser mujer u hombre se cobraba menos o más. Pero en España se habla de medias, y no sé cómo lo harán. Supongo que habrá casos, y muchos, donde una mujer cobra menos porque trabaja menos horas, ya que tiene que ir a por los niños, o le gusta estar con ellos, por lo que habrá pedido una reducción de horas y. por tanto, obtendrá también una reducción de salario. Pero esto es lógico, no hacerlo así sería castigar a los que siguen trabajando todas sus horas y sería también injusto. Y que no me digan que la mujer se tiene que hacer cargo de los niños, porque en un mundo en el que queremos desarrollar la igualdad, podría ser el padre el que se hiciera cargo de los niños, y no la madre. Pero eso es una cuestión familiar y es cada pareja la que debe planteárselo, no poner en un brete a las empresas, tildándolas de machistas.
            Mucha gracia me hacen los políticos que son tan igualitarios que proclaman la paridad. No hay nada más peyorativo que la paridad impuesta, porque es decir a la cara a la mujer que como no vale, que no se preocupe, que la pondremos en un cargo para el cual no vale porque los porcentajes así lo requieren. Pues yo no quiero la paridad, pretendo la efectividad de aquellos que nos gobiernan. No deseo un consejo de ministros paritario, lo que quiero es un consejo de ministros eficaz. Así, si todos los ministros son hombres, que lo sean, como si todos son mujeres, me da igual, lo importante es que se elija para los cargos a las personas más cualificadas, independientemente de su sexo. Lo mismo puedo decir con respecto a la empresa privada. Pero hay un partido político tan obtuso que esto no lo ve, que sigue con el erre que erre con lo de la paridad y ya intentó hace unos años obligar también a las empresas a la paridad. Y eso no es así, la igualdad se alcanzará cuando no se tenga en cuenta el sexo de las personas para ser impulsadas a un cargo, ya sea en la empresa privada o en la pública.
            Pero como he dicho en el título, esto me parece una utopía, puesto que aquí todos buscan sólo su beneficio personal y a los demás que le den, porque el progreso nos ha traído deshumanización, las redes sociales y los móviles nos impiden ver qué le pasa al que tenemos al lado, sino es por medio de una pantallita, o a través de unos auriculares. Perdiendo el contacto con nuestra realidad, nos volvemos cada vez más máquinas y menos humanos, perdemos la poca fraternidad y empatía que nos quedaba, convirtiéndonos en borregos, que después de todo es lo que les interesa a los poderosos.

            El Condotiero

lunes, 14 de diciembre de 2015

Decálogo de consejos para los inmigrantes

             Está de moda, últimamente, el tema de los inmigrantes en Europa, a raíz de lo ocurrido en París y después de las primarias en Francia, con victoria de Le Pen, aunque salvados los muebles de forma milagrosa en la segunda vuelta.
            Ya he tratado este tema en la entrada Viraje hacia la xenofobia, pero creo que es menester darle una vuelta más de tuerca, redundando en el problema desde el punto de vista inmigratorio. Sé que lo que voy a decir no es políticamente correcto, pero, primero, estoy harto de lo políticamente correcto, pues me parece más una sarta de hipocresía que de virtud, y, segundo, que es algo que planea sobre el ambiente europeo, desde la invasión de los cientos de miles de refugiados procedentes de Siria.
            Aquí, en España, somos demasiado políticamente correctos y cualquiera que diga lo que los demás piensan en su fuero interno es fusilado sin remisión posible. No sé de dónde nos viene esa manía por no decir las verdades, pero ya estamos llegando a extremos que rozan lo ridículo. De hecho, estamos en un país donde los inmigrantes obtienen más puntos que los nativos para los puestos en guarderías, para conseguir casas de VPO o para plazas en cursos remunerados, como si los españoles de toda la vida tuviéramos menos derechos que los que vienen de fuera. Eso es malo, porque crea rencor hacia los pobres inmigrantes, que no tienen la culpa de que las administraciones públicas sean demasiado políticamente correctas. Yo estoy a favor de que los inmigrantes tengan las mismas oportunidades que los españoles, pero no más. Supongo que ellos deberían querer lo mismo, si no desean verse señalados con el dedo.
            El racismo y la xenofobia no son nuevos en Europa. En España se expulsó primero a los judíos y después a los moriscos. Cuando llegaron montones de inmigrantes a los nuevos pueblos de colonos de Andalucía, en la segunda mitad del S.XVIII, en el reinado de Carlos III, lo pasaron bastante mal. Algunos pueblos fueron literalmente saqueados por habitantes nativos de los pueblos de alrededor, con asesinatos incluidos. Sin olvidar la tremenda purga de judíos, gitanos y otras razas que tuvieron lugar en la Alemania nazi no hace siquiera 100 años.
            Efectivamente no estoy a favor de que se maltrate a los inmigrantes, pero lo que quiero decir, y esto es lo que puede ser políticamente incorrecto, es que ellos tienen que poner algo de su parte. De acuerdo que dentro de los valores de la civilización occidental está contemplado el auxilio de las personas y el acogimiento de éstas, pero querer aprovecharse de nuestros valores, sin entrar en ellos, es sumamente peligroso. Reconozco que una gran mayoría de inmigrantes se portan como es debido, pero, los que no, hacen mucho ruido y echan por tierra la labor de los demás.
            Lo que sí deberíamos tener todos claro, tanto los inmigrantes cono los nativos del país, es que los que vienen son los primeros que están obligados a respetar lo que aquí hay, antes de que exijan que los respetemos a ellos. Una cosa es pluralidad, diversidad o lo que se le quiera llamar, otra muy diferente es que yo tenga que adaptarme a mi vecino que viene de no sé dónde. Si un inmigrante llega aquí lo hace huyendo de algún problema, ya sea político, criminal o económico, por lo que no debe intentar traerse su país, con sus problemas, con él. Y eso es algo que yo no entiendo, como lo que ocurrió en Kosovo, que porque había un 90% de albanos ya querían separarse de Serbia y unirse a Albania. Oiga, ¿usted es de origen albano y desea volver a Albania? Muy bien, pues coja su maleta y vuélvase allí, no quiera ahora que mi país se convierta en Albania porque os habéis tirado 50 años teniendo hijos como churros.
            De tal forma, inmigrante no tiene por qué considerarse a uno que acaba de llegar. Se puede ser inmigrante de vigésima generación, ya que si tu árbol genealógico jamás se ha adaptado al país en el que vives, es como si lo siguieras siendo. Es el caso de los gitanos en España, o de los judíos en Europa antes de la Segunda Guerra Mundial. Ambos colectivos han mantenido durante generaciones sus costumbres, jergas o idiomas, religión en el caso judío, etc. Así, aunque la familia viva durante cientos de años en la misma población, habrá creado una barrera hacia el resto de vecinos, continuando con su apellido de inmigrante.
            Por tanto, e incido en que es políticamente incorrecto pero de cordura meridiana, aquí escribo un decálogo de consejos hacia los inmigrantes, si quieren que no se les termine viendo como una lacra para la sociedad, como está ya ocurriendo en Grecia, Francia, Alemania y otros países europeos:
1.- Aprende el idioma oficial del país en el que vives.
2.- Adapta tus horarios y calendario a los del país en el que vives.
3.- Si tu religión es diferente a la religión oficial del país en el que vives, intenta no hacer apología de tu diferente creencia (lo mismo si no hay religión oficial en el país en el que vives, pues NO HAY RELIGIÓN OFICIAL).
4.- Respeta las costumbres cotidianas del país en el que vives e intenta adaptarte a ellas. Sé respetuoso con las fiestas locales.
5.- Amóldate a la cocina del país, aunque no olvides la tuya.
6.- No exijas que los demás se adapten a ti o te comprendan. Tú eres el que ha ido a su país.
7.- Procura que te traten como se trata al resto de personas de ese país, no mejor.
8.- Si quieres que te tomen como a uno más de los habitantes de ese país, siéntete como uno de ellos. No es necesario que a cada momento saques a relucir las diferencias entre tu país de origen y el país en el que vives.
9.- Jamás olvides tus raíces, pero no las tengas por bandera.
10.- Y, por supuesto, no seas racista ni xenófobo con respecto a los habitantes nativos del país en el que vives.
            Este último punto parece una pamplina, pero es absolutamente cierto. Muchas veces, los inmigrantes son los primeros racistas y xenófobos. Les pasa a los gitanos españoles, que miran mal a los payos, o les pasaba a los judíos europeos, que no estaban de acuerdo en que sus hijos se casaran con gentiles, manteniendo la separación con el resto de vecinos durante cientos de años.
            Y esto es algo que se debe hacer no sólo aquí, sino en cualquier lugar del mundo. ¿A ver quién es el guapo español que va a Arabia Saudí a construir una iglesia católica, o a Irán, para mantener una relación homosexual de forma pública y notoria, o que se traslada a Corea del Norte para expresar libremente sus ideas?

            El Condotiero

jueves, 10 de diciembre de 2015

Propuestas, propuestas, propuestas...

             Asistimos, por tercera vez en este año, a unas elecciones y a su preceptiva campaña electoral, como mítines, debates y paseos por calles y tiendas que los políticos suelen escaquear cuando no hay elecciones a la vista. Aunque ya lo hemos visto más veces este año, como ya he comentado, éstas son las únicas elecciones generales, al Gobierno de España, por lo que la lucha es más enconada si cabe.
            No son las primeras elecciones generales de esta democracia española, si no recuerdo mal éstas serían las duodécimas, desde aquellas primeras en 1977. Por tanto, creo yo que ya deberíamos estar acostumbrados a este juego y los españoles deberíamos ser, como muchos políticos y periodistas pregonan, democráticamente maduros. Aun así, niego la mayor y pienso que nos dejamos deslumbrar por detalles que poco o nada importan a la hora de elegir qué papeleta echar en la urna que toque.
            El ejemplo claro lo tenemos en el publicitado hasta la saciedad «debate definitivo», de la editorial ATresmedia. El debate en sí no estuvo mal, pero tampoco bien. Yo lo vi y mi conclusión es que ninguno me dijo nada interesante. Ninguno de los candidatos o vicecandidatos me sorprendió, ninguno estuvo rematadamente mal y ninguno estuvo estupendamente. Lo importante, lo que tenían que decir, y con ello convencer a los indecisos (los decisos lo tienen aprendido desde la cuna, o son militantes o es voto cautivo), fue lo mismo de siempre. Palabras, palabras y palabras... Propuestas, propuestas y propuestas...
            Lo curioso del asunto, es que luego los periodistas y analistas, algunas veces confluyendo ambos puestos en una misma persona, opinan quién ha ganado, y unos dicen, que Soraya, otros que Pedro, otros que Pablo y otros que Albert, dependiendo del pie con el que cojeen, al igual que los tertulianos con carné de partidos, que defienden a muerte la intervención de su líder o vicelíder.
            Pero lo que ya me cabrea bastante es que los defensores de lo indefendible se pelean por el número de propuestas lanzadas por el debatiente de su corazón, como si las propuestas fueran el centro de sus diatribas, cargadas de absoluta razón.
            Yo ya no puedo presentarme a estas elecciones, pero me presentaré a las siguientes. Ya tengo pensado el nombre de mi partido, «Condotiero for president (CFP)», y aquí abajo expongo las propuestas que lanzaré dentro de cuatro años. He pensado que hacer 52 propuestas sería lo suyo, porque sería justo el doble del número de propuestas lanzadas por el candidato que más propuestas dicen que lanzó en el famoso debate, que fueron 26 por parte de Pedro Sánchez.
1.- Bajaré los impuestos.
2.- Subiré los sueldos.
3.- Acabaré con el desempleo.
4.- Acabaré con la corrupción.
5.- Acabaré con la violencia de género.
6.- Conseguiré la total igualdad salarial entre hombres y mujeres.
7.- Reduciré el coste de las facturas de la luz.
8.- Disminuiré el recibo del IBI.
9.- Eliminaré las listas de espera de la Seguridad Social.
10.- Reduciré la inseguridad en las calles españolas.
11.- Mejoraré la enseñanza pública obligatoria.
12.- Multiplicaré los presupuestos a I+D+I.
13.- Haré que pertenecer a España sea deseable, terminando con la problemática del independentismo catalán.
14.- Fomentaré variados referéndum durante la legislatura, para alcanzar la democracia real.
15.- Se pagarán todas las facturas que las diferentes administraciones deban a particulares.
16.- Conseguiré que el crédito fluya a las PYMES.
17.- Las pensiones aumentarán en un 5% anual.
18.- Bajaré el déficit público a 0.
19.- Disminuiré la deuda externa.
20.- Reforzaré el tejido industrial.
21.- Liberaré a los sindicatos del clientelismo al Estado.
22.- Conseguiré la independencia de los partidos políticos.
23.- Mejoraré la red de carreteras.
24.- Mejoraré el transporte público.
25.- Integraré los inmigrantes a la sociedad española.
26.- Reforzaré la preparación de los profesores universitarios.
27.- Multiplicaré el número de becas.
28.- Aumentaré el número de plazas de guardería.
29.- Conciliaré la vida laboral con la familiar.
30.- Bajaré a 30 el número de horas laborales a la semana.
31.- Los españoles podrán jubilarse a los 60 años con el 100% de su pensión.
32.- Aumentaré la eficiencia de los consulados y embajadas españolas para que los españoles que viajen al extranjero se sientan respaldados.
33.- Crearé un ministerio de los animales, para luchar por su dignidad.
34.- Conseguiré que el 100% de la electricidad consumida en España provenga de fuentes renovables.
35.- El agua, como bien de máxima prioridad, será gratuita.
36.- El IVA cultural será del 2%.
37.- Gibraltar será español.
38.- Acabaré con el terrorismo yihadista.
39.- Disminuiré el número de delitos.
40.- El número de funcionarios crecerá hasta el 100% deseable.
41.- Bajarán el número de siniestros laborales.
42.- El número de accidentes de tráfico se acercará al 0.
43.- Se doblarán los días de vacaciones.
44.- Los autónomos pagarán impuestos en relación a sus ganancias.
45.- Los desahucios serán eliminados.
46.- Internet será gratuito para todos los españoles.
47.- Legalizaré la prostitución.
48.- Legalizaré las drogas.
49.- Las Olimpiadas de 2028 se harán en Cádiz.
50.- La selección española ganará el Mundial de fútbol de 2018.
51.- Prohibiré cantar a Joaquín Sabina.
52.- Conseguiré que Belén Esteban lea un libro.
            Lo importante, como se puede observar, es lanzar propuestas sin ton ni son, sin dar la mínima explicación posible de cómo se lograrán llevar a cabo, porque eso no importa, total, si cuando llegue a la Moncloa voy a hacer lo que me dé la gana.
            Y no es nuevo, los partidos políticos lo llevan haciendo desde los principios del actual régimen democrático. Todavía recuerdo, siendo yo niño, cuando el PSOE ganó sus primeras elecciones, en 1982, con el slogan «OTAN no, bases fuera», y lo primero que hizo Felipe González al llegar al poder fue ratificar la entrada de España en la Alianza Atlántica. No es que yo esté en desacuerdo con esa medida, sino que creo que los españoles fueron tangados burdamente. ¿Qué castigo obtuvo el PSOE en las siguientes elecciones por engañar a los ciudadanos? Pues le otorgaron de nuevo la mayoría absoluta en la elecciones de 1986. Moraleja: miente lo que puedas, propón lo imposible y hazte con una capea, porque lo importante es llegar al poder, lo demás no importa, porque el español o es tonto o tiene mala memoria.
            Desde entonces hasta ahora, ningún Gobierno español (ni del PP ni del PSOE) ha cumplido sus promesas electorales, da igual, y luego se sorprenden que aparezcan nuevos partidos y despotrican contra su inexperiencia, como si ellos sí hubieran nacido con la experiencia necesaria.
            Y es que los españoles nos lo tenemos merecido. Todavía campa en mi memoria una frase que sobrevoló en el PSOE sobre su candidato del 2011, Rubalcaba, que decía algo así como que había que votarlo porque era sangre nueva, en contraposición al candidato del PP, Rajoy. Lo impactante de la frase es que Rubalcaba tenía (y sigue teniendo) tres años más que Rajoy y llevaba metido en política desde el primer gobierno de Felipe González. Pero no hubo nadie, que yo recuerde, ni político ni periodista, que hiciese hincapié en tan fragrante mentira con nocturnidad y alevosía.
            Por todo ello, no me fío de los partidos nuevos, pero menos aun de los antiguos, y menos me fío todavía de los votantes españoles, desmemoriados y comprados, ilusos sobre que la cosa pueda cambiar y que entre a gobernar alguien decente. No, señores, el voto o la adhesión a un político o a un partido no se puede hacer como se hace en España, como si fueran equipos de fútbol, uno del Barcelona, otro del Madrid y los dos nuevos que acaban de subir de segunda división. No, habría que ser consciente de qué y a quién se vota, y dejar abierta la puerta al cambio de voto de una legislatura a otra, dependiendo de lo que ofrecieran los candidatos o si nos mintieron en la anterior, pero sobre todo atendiendo a que las propuestas sean serias y respaldadas por números, no como las que he realizado yo arriba.

El Condotiero

lunes, 7 de diciembre de 2015

Viraje hacia la xenofobia

             Es preocupante, aunque no por menos esperado, el triunfo que ha tenido el Frente Nacional, de la ultraderechista Marine Le Pen, en las elecciones regionales francesas. En los últimos años ha estado ganado protagonismo el ultraderechismo en Francia, pero hasta ahora no había conseguido ningún triunfo. Hasta ahora, repito. Claro, el caldo de cultivo es propicio, con los recientes atentados de París.
            La Historia se suele repetir, y aquí tenemos un ejemplo de ello. ¿Qué le pasa a la sociedad francesa? Una sociedad atacada en sus profundos cimientos democráticos, pero no por extranjeros, ya que se ha demostrado que la mayoría de los yihadistas que atacaron la noche del 13-N eran franceses de nacimiento. Los franceses de pro, es decir, blancos, católicos y demócratas, amantes del vino, del queso y de los croissants, están hartos de convivir con personas que no consumen estas delicias, que tienen otra religión y que, en definitiva, no se adaptan al modo de vivir francés y europeo.
            A mí me recuerda sobremanera a lo ocurrido en la Alemania de los años 30, una Alemania que sufría las consecuencias de su derrota en la Gran Guerra, a lo que había que sumar la crisis económica del 29 y la debilidad de su régimen democrático. La gente, inculta e ignorante por regla general, se arrimó a las ascuas que más calentaban, y ésas eran un nuevo partido político que prometía empleo y recuperación del orgullo nacional. Además, echaba las culpas de todo lo que les ocurría a los alemanes no a ellos mismos, sino a los judíos, una gente que tenía otra religión y otras costumbres, y que sobrellevaba mejor la crisis económica, puesto que el clientelismo judío siempre ha sido encomiable. Creemos que a los españoles nos encanta echar las culpas de lo que ocurre a los demás, en lugar de revisar nuestros propios errores, pero parece que es algo europeo, occidental, propio de nuestra civilización.
            Como sabemos, el Partido Nazi llegó al poder en Alemania, y ahora los ultraderechistas se están aprovechando de una favorable coyuntura para aumentar sus expectativas de votos. Claro, la culpa de todo la tienen los musulmanes extranjeros que campan a sus anchas por nuestro país, dirán los franceses, por tanto, votemos a los que quieren que Francia sea de los franceses. Nadie se atrevería a explicarles ahora a los franceses, que no están para discutir nada, sólo para bombardear Siria, que somos los occidentales los culpables del nacimiento y maduración del yihadismo, y que nosotros hemos hecho auténticas perrerías en sus países y que únicamente desean vengarse, y con parte de razón.
            Pero no es un fenómeno único, sino que el renacer del ultraderechismo es algo general en Europa, desde Grecia hasta Alemania. En Grecia echan la culpa de sus problemas a la gran cantidad de inmigrantes que hay en su suelo, sin mirarse a sí mismos y a la penosa gestión de sus gobernantes y a la corrupción generalizada de la sociedad griega, que ha estado viviendo muy por encima de sus posibilidades. En Alemania ya no se quiere a los turcos, los cuales han estado trabajando en multitud de puestos que eran tan necesarios como denigrantes, a la vista del alemán medio, pero ahora hay muchos turcos y la situación económica no es tan boyante como debiera, pues aún se está pagando el meter a la atrasada Alemania Oriental dentro del capitalismo.
            Y no nos olvidemos de España. También hemos vivido por encima de nuestras posibilidades en los principios de este siglo, que parecía que el que no tuviera un Audi o un BMW y un piso en el mejor barrio de la ciudad era un don nadie. Ahora que hemos despertado bruscamente del sueño especulador, nos damos cuenta que hay demasiados sudamericanos en nuestro suelo.
            No es que seamos xenófobos, ya que sólo lo somos cuando vemos que el que no pertenece a nuestra cultura tiene más que nosotros o cuando no tenemos a nadie más al que achacar los problemas que nos acucian. Pero eso es algo humano. Somos así, lo hemos sido siempre y lo seguiremos siendo. Siempre miraremos con odio a nuestro vecino más rico, pero más si las cosas nos van mal, aunque a él le vaya peor.
            ¿Qué hacen ellos? Los inmigrantes cometen el fallo de no adaptarse al entorno que los rodea. Hay un viejo dicho que reza «done fueres, haz lo que vieres». Ellos no renuncian a su forma de vivir ni a su religión, pero es que eso es igual de humano que lo de la xenofobia. Es más, la mayoría de yihadistas europeos eran inmigrantes de segunda o de tercera generación. Sus padres o abuelos, no tan occidentalizados, no se inmolan contra quienes los odian.
            Lo que veo es que no hay posible solución al respecto, puesto que el giro xenófobo es algo humano e inconsciente, fruto de la ignorancia de las gentes, que no lee y tampoco deja de ver programas basura, o fútbol y toros, que los idiotizan. Votar a la ultraderecha no va a servir de nada, sólo para radicalizar el ambiente, más si cabe. Y los inmigrantes tampoco van a dejar de amar a su antigua patria, a la patria de sus padres o abuelos. Sería como pedirle a un español en Berlín que dejara de hacer tortillas de patata. Eso me lleva a pensar en un graffiti que vi en una pared que siempre me pareció la mar de tonto, pero ahora, con nuevas perspectivas, me parece bastante profundo, y que decía: «tortilla olé». En Cádiz, la filosofía está en la calle.

            El Condotiero