sábado, 7 de noviembre de 2015

Secuestradores de neuronas

             Esta semana ha saltado una noticia que se ha divulgado en todos los medios de comunicación como si fuera un virus informático, y es que la NASA ha descubierto cómo fue destruida la atmósfera de Marte, apagándose por completo. Según la nueva noticia novedosa es que los vientos solares fueron los causantes del estropicio, ya que, durante un proceso que duró millones y millones de años, la atmósfera de Marte fue diluyéndose, al no poseer un escudo electromagnético potente, todo lo contrario de la Tierra, que sí lo tiene. Un escudo electromagnético potente se origina gracias a la fricción constante que un núcleo grande y muy caliente crea al rotar en el sentido diferente al que lo hace el planeta. Marte, al ser más pequeño que la Tierra, no podía tener ese escudo electromagnético potente.
            Muy bien. Es una noticia, como dije antes nueva y novedosa, y muy interesante, pero, ¿qué pasa? ¿Yo soy el nuevo Carl Sagan español o algo? Porque yo ya lo sabía, pero mis carencias en temas de ciencias son patentes. ¿Sería, por tanto, un dejá vu? ¿Seré clarividente? Ah, no, que ya lo sabía porque vi un documental sobre ello hace varios meses. Pero, teniendo en cuenta que no tengo televisión de pago, los documentales que puedo ver suelen tener ya cierto tiempo, no son una primicia absoluta.
            Algo pasa, pero no sé el qué ni el porqué. Si la noticia no era tan noticia, ¿por qué todos los medios informativos la dan como si fuera el huevo de Colón?
            Aunque, si me pongo a recordar, tampoco es la primera vez. Allá por el año 2005 o 2006 saltó otra noticia que llenó titulares de periódicos, radios y televisiones, hasta medios un poco más especializados se hicieron eco de ella. Era que se había hecho un estudio sobre un pelo de Napoleón Bonaparte y se había llegado a la conclusión que había muerto por los efectos continuados del arsénico. No dejaba claro si había sido por compasión o quién, pero sí que los niveles de la sustancia eran elevadísimos a todo lo largo del cabello, por lo que posiblemente sería la causa de su muerte.
            Os he comentado que aquello fue allá por el año 2005 o 2006, como nuevo y novedosísimo, pero resulta que en el año 1993 o 1994, más de diez años antes, un compañero de facultad me dejó un libro que se titula ¿Quién mató a Napoleón?, escrito por un dentista sueco llamado Sten Forshufvud, experto en venenos, que había adquirido un cabello de Napoleón, lo había estudiado y sabía que los niveles de arsénicos eran 38 veces superior a lo normal. El estudio en sí era corto, pues era contundente y no necesitaba probarlo más, por lo que el resto del libro eran elucubraciones varias acerca de quién y sus posibles razones para ello (creo recordar que apuntaba al infame Howe, su «carcelero»).
            La cuestión que aquí quiero plantear es por qué ningún medio de comunicación se informa un poquito más de los asuntos. ¿Tenemos periodistas o monos que copian las noticias de las agencias? ¿A ningún periodista de estos medios le ha dado por investigar un poco sobre estos dos asuntos? ¿Serán tan inútiles o es que a sus jefes, los dueños de las editoriales, les dan un ardite estos temas, total nuestros clientes son imbéciles y no se dan cuenta, les podemos dar cacahuetes y se quedan tan panchos?
            Tuve, hace varios años, una corta conversación con Javier Sierra, periodista y escritor de éxito, muy vendido en EE.UU., en la cual le pregunté la razón del maltrato de su programa de televisión (El arca secreta, Antena3), porque algunas veces lo ponían, otras no, algunas veces a su hora, otras a las que les daba la gana. La respuesta de Javier Sierra fue contundente: «el programa no tiene cabida en su cadena, porque los de Antena3 creen que sus espectadores son tontos y no comprenden las investigaciones que allí salen, al ser muy profundas y obligar a la gente a pensar», o algo así. Creo que han pasado siete u ocho años desde que Javier Sierra me soltó ese pelotazo y aún no se me ha borrado de la mente. Lo cierto es que el programa duró poco más.
            Teniendo en cuenta lo que ya comenté en mi entrada Ficción democrática en España, informando que sólo había cuatro grupos editoriales de peso en nuestro país, si en uno de ellos, Planeta-Atresmedia, opinan que sus clientes son imbéciles, y en otro, Prisa-Vocento-Mediaset, no paran de poner programas que secuestran las neuronas de sus televidentes, como Gran Hermano, Supervivientes, Sálvame, con todos sus colores o frutas, etc, etc, etc,, ¿cómo podemos tener votantes inteligentes en nuestro país? Todo esto me recuerda, un poco, a la quema de libros que hacían los nazis, porque tener súbditos idiotizados y que no pensaran por sí mismos era la garantía de continuismo de sus estúpidas tesis. ¿Estará pasando igual en nuestra democracia? ¿Quieren nuestros queridos políticos que sus votantes estén idiotizados y no piensen por sí mismos para poder hacer y deshacer a su antojo y llevárselo calentito? Quizá esa sea la razón por la que esos dos grandes grupos editoriales estén secuestrando las neuronas de los españoles, porque otra yo no la veo.

            El Condotiero

viernes, 6 de noviembre de 2015

Póngame cuarto y mitad de ibuprofeno, por favor

             Porque tanto tonto termina produciéndome dolor de cabeza. Sí, me suele ocurrir. No, no puedo evitarlo. Parafraseando a Carlos Herrera, en España no cabe un tonto más.
            Y es que ha saltado a la palestra el caso de un militar, no uno cualquiera, sino un teniente general del Ejército del Aire, con un importante cargo, vocal de la Asamblea de la Real Orden Militar de San Hermenegildo, además de ex JEMAD (Jefe de Estado Mayor de la Defensa), que se ha aliado con cierto partido político y ha hablado de más sobre cuestiones políticas, enfrentando sus propias opiniones a la propia Constitución Española. El Gobierno de España, a través de su ministro de Defensa, lo ha cesado de su cargo fulminantemente y, ahora, los partidarios de ese partido despotrican contra el gobierno de forma desaforada y cruel.
            Bien, empecemos por partes. Lo primero es dejar claro de qué hablo, para que no se me malinterprete. Contra ese partido político no tengo nada en absoluto. Se supone que estamos en una democracia (ja, ja) y que todas las ideas tienen cabida, mientras estén dentro del marco de la ley (buena o mala) y no inciten a la violencia ni a salirse de ese marco de la ley. Es más, por ser un partido nuevo, aún no tiene casos de corrupción, como los partidos tradicionales. Ya llegarán. Si hasta en Poniente se acerca el invierno, como diría Ned Stark. Con respecto al Gobierno de España, prefiero no comentar en este escrito, que se me van a gastar las teclas, excepto que lo está haciendo muy bien... para los banqueros, los empresarios de las Eléctricas y todos sus amigos ricachones. Que no lo haga bien para mí, es sólo culpa mía. ¿Cómo se me ocurre no tener varios cientos de millones en los bancos... de Suiza? Y sobre los simpatizantes y posibles votantes de ese nuevo partido, pues que son libres de votar a quien deseen. Pero si quieren abrir la boca, que lo hagan con coherencia, pero no para decir sandeces y estupideces a tutiplén.
            El caso es que me han sorprendido los comentarios de varios simpatizantes del partido al cual se ha unido este general, porque han tachado la actitud del ministro y del resto de sus compañeros de rastrera y vengativa, al cesar de su cargo a aquél. Y, entonces, comenzó el dolor de cabeza. ¿No son esos mismos protestantes (no religiosos) los que son más antifranquistas y prorepublicanos? ¿No son esos mismos protestantes los que proclaman a favor de la memoria histórica de los brigadistas, los anarquistas, los sindicalistas y las libertarias, y los que claman contra la memoria histórica de las derechas de este país, incluyendo en ellas a sus militares? ¿No son esos mismos protestantes los que afirman que los militares del 36 eran unos traidores a su propia patria y a la II República, a la que juraron defender? Vamos a ver, que yo me aclare, si ello es posible. Este general está traicionando sus deberes como militar español por hablar en contra de la Constitución, por lo tanto, está haciendo algo parecido a lo que hacían sus antecesores en el siglo XIX y principios del XX, aunque sin balas de por medio, claro. Entonces, ¿por qué los protestantes protestan contra su cese? Ah, es que como son protestantes, deben protestar, sin ton ni son, pues para eso fueron programados.
            Aparte del dilema de la pastillita azul o la roja, Matrix está a ambos lados, nos envuelve, y al igual que crea sujetos conformes que se lo tragan todo, también crea individuos despotricantes, sin razón o con ella. Otra excusa no veo para explicar el comportamiento de los susodichos protestantes. Si precisamente para evitar que vuelva a haber otro 18 de julio del 36 es la causa de que los militares españoles tengan voto, pero no voz. No tienen permitido militar en ningún partido ni afiliarse a sindicato alguno, para que no puedan llegar a confundir sus lealtades. Su Lealtad única es por y para España y su Constitución. Punto pelota. Ellos deben ser garantes de la soberanía de todos los españoles, y no de unos pocos o de un color. Por lo tanto, para una cosa que ha hecho bien este gobierno en los últimos cuatro años, que es destituir al general indisciplinado, no creo que se merezcan el maltrato verbal del que están siendo objeto.
            Otra cosa, ya, sería pensar el porqué dicho general en cuestión quiere ser candidato a ministro de Defensa por un partido político cuyas premisas son, en ese ámbito, desmantelar el Ejército y salirnos de la OTAN. Y digo yo, si estas dos cosas ocurren, ¿por qué tener a este ministro como único soldado que garantice la libertad y la seguridad de los españoles? Puestos a elegir a nuestro único caballero andante, ¿no sería mejor poner como ministro de Defensa de España a Chuck Norris?
            Elucubraciones aparte, quizá no fuera tan malo extinguir el ejército español, así en la próxima guerra civil los combates no serían con pacos, sino que serían eliminatorias del Mario Bros, o por insultos a través del twitter, que se nos da mejor.

            El Condotiero

jueves, 5 de noviembre de 2015

Conclusiones del relato Remordimientos

             Todo tiene su razón de ser y la de este relato en concreto, Remordimientos, es que hace pocos días leí un artículo de prensa donde se hacían eco de una nueva encuesta que habían realizado en la revista New York Times, preguntando a sus lectores si matarían a Hitler cuando aún era un bebé, en caso de poder viajar en el tiempo. Me sorprendió muy mucho que un 42% de los encuestados contestara que «SÍ», más que el 30% de los que se negarían o el 28% que no estaban seguros de su posible proceder.
            Dicho y hecho. Se me ocurrió un breve relato que adornase el dilema y ahora escribiré sobre el tema en cuestión. Independientemente de las probabilidades de poder hacer viajes en el tiempo en un futuro, o de la existencia de universos paralelos, o universos pasados y futuros, eso lo dejo mejor en las manos de Sheldon Cooper o de Walter Bishop, prefiero analizar el desconocimiento de la Historia profunda que posee la mayoría de los seres humanos. De hecho, lamento informar que gran parte de los profesores de Historia de nuestro país, ya sean de instituto o de universidad, también carecen de esos conocimientos de la Historia profunda. Lo que yo denomino Historia profunda no es la sucesión de hechos que solemos estudiar, ya sean acometidos por personas particulares o sociedades, es el funcionamiento mismo de esas sociedades. Teniendo a esas sociedades, pasadas o presentes, como entes con naturaleza propia, debemos estudiar sus comportamientos y entresacar de ellas los aprendizajes para nuestras sociedades futuras.
            ¿Qué nos dice esa encuesta norteamericana? Que los norteamericanos de a pie, al menos un 70% de ellos, no han aprendido nada acerca de los sucesos ocurridos en Alemania después de la Primera Guerra Mundial. Por tanto, no sería arriesgado aventurar que, con las circunstancias propicias, la sociedad estadounidense actuaría igual que lo hizo la sociedad alemana en las décadas de 1920 y de 1930. Si te tropiezas con una piedra que se encuentra en la calle pero tu hijo no recibe el aviso, se podría tropezar con ella igualmente. Por eso es tan importante no sólo estudiar los hechos acaecidos a nuestros padres, abuelos, etc…, es decir, la Historia, sino también comprenderla.
            Ya Ortega y Gasset (si preguntan a un estudiante de hoy en día sobre él, seguramente contestará que se trate de la primera pareja homosexual que hubo en España) dijo aquello de «yo soy yo y mi circunstancia». Yo iría aun más lejos, y diría «yo soy mi circunstancia y yo», anteponiendo la palabra «circunstancia», como todo aquello que me rodea. Durante muchos años se estudió la Historia de las personas, la concatenación de sucesos que estaban, irremediablemente, ligados a personajes históricos de gran talla. Aunque esta forma de hacer Historia está en desuso, seguimos estudiando las biografías de los grandes hombres y mujeres, como si su solo concurso en los hechos que de alguna manera los catapultó fuera realmente lo relevante, olvidándonos de cuán importante era todo aquello que los rodeaba y les daba su ser.
            Ejemplos, a patadas. Napoleón Bonaparte, por ejemplo, nació sólo quince meses después del Tratado de Versalles, cuando la isla de Córcega pasó a manos francesas. Si hubiera nacido, por ejemplo, veinte meses antes, hubiera sido genovés y no francés. Pero si en lugar de nacer en 1769, lo hubiera hecho con un siglo de anterioridad, en 1669, podemos estar seguros que no estaría en los libros de Historia, puesto que no habría pasado de ser un oscuro oficial sin futuro.
            El magnífico Julio César coincidió en la época de mayor incertidumbre de toda Roma, el siglo I a.C., donde las luchas intestinas por el poder estaban socavando la legitimidad de la República, adelantando el nacimiento de una monarquía absoluta. Si Julio César hubiera nacido dos siglos antes, como mucho habría llegado a cónsul, en una sola ocasión y con mucho esfuerzo, si acaso.
            Alejandro Magno fue el sol que más brilló, tanto que se quemó con sólo 33 años. Su vida fue fulgurante y exitosa, pero cuánto le debía a su padre, Filipo II, que mantuvo a raya a sus enemigos durante toda su vida, fortaleciendo el país y creando un ejército pequeño pero muy cohesionado, cuyas virtudes supo explotar su hijo. Macedonia casi era un erial pastado por cabras (exagerando un poco, claro) un siglo antes, por lo que el advenimiento de Alejandro III al mundo llegó en el momento justo.
            ¿Qué decir de Hitler? La Segunda Guerra Mundial comenzó en el justo instante en que se secó la firma del Tratado de Versalles (otro Tratado de Versalles, para economizar nombres). El mismo mariscal francés Foch dijo que no era una paz, sino una tregua de 20 años. ¿Se equivocó por mucho? Si maltratas a tu perro, tarde o temprano te morderá, o, al menos, es lo que debería hacer. El maltrato a la Alemania derrotada tras la Primera Guerra Mundial iba a ser el detonante de la siguiente, fuera quien fuese el que llegara al poder. Podría cambiar el cuándo y el cómo, pero jamás el porqué. De hecho, que llegara Hitler a la cumbre es quizá de las mejores cosas que pudieran ocurrir a la humanidad: podría haber llegado alguien mucho más inteligente, con más paciencia y con mayor previsión, que apoyase a sus científicos y que consiguiese la bomba atómica antes que los demás. Quizá, entonces, no estaríamos aquí para contarlo.
            Y en nuestra Historia también tenemos ejemplos. Podríamos hablar de Franco. «Ojalá no hubiera existido nunca», he escuchado más de una vez, como si con ello se hubiera podido evitar la Guerra Civil. Hago recordar que, cuando Franco se subió al Dragon Rapide, sólo era un general más que se sumaba al golpe de estado, porque de ello se trataba, de un pronunciamiento más de los muchos que hubo en la Historia de España, aunque, a diferencia de los anteriores, éste era de corte más conservador. Los sublevados no querían iniciar una guerra civil, querían derrocar a la infausta II República, que tan mal lo había estado haciendo con sólo cinco años de vida. El golpe fracasó, al menos en la mitad del país, formándose así dos bandos y una guerra. Franco, como ya he dicho, era un general más. Estaban por encima el general Mola, llamado El Director, porque a él se debía el 18 de julio, y el que estaba destinado a gobernar en una España posrepublicana, que no era otro que el general Sanjurjo, el cual ya había fracasado en otro golpe contra la II República, cuatro años antes. Ambos generales, por suerte o por desgracia, por fatalidad o mano negra, se mataron en sendos accidentes aéreos, cuando aún no había acabado la Guerra Civil.
            Hay personas que influyen en la Historia, no lo negaré, pero siempre, siempre, emergen en momentos de crisis, nunca en épocas de estabilidad. Las circunstancias que los rodearon fueron más importantes que ellos mismos y, probablemente, los hechos históricos hubieran sido diferentes sin su participación, pero no habrían dejado de existir. Seguramente habría estallado una Segunda Guerra Mundial sin Hitler, el Imperio Romano habría sustituido a la República Romana sin Julio César y la Guerra Civil española habría enfrentado a las dos españas que en esos momentos había sin Franco de por medio.
            Por qué estos acontecimientos habrían ocurrido sí o sí es lo que las personas con conciencia y los profesores de Historia deberían estudiar, y no tanto a los personajes que los abanderaron, siempre que queramos llegar al fondo de las cuestiones y deseemos evitar que vuelvan a suceder, claro.

            El Condotiero

miércoles, 4 de noviembre de 2015

Remordimientos (relato corto)



           Varias gotas de sudor perlaban su frente, aunque esa mañana de otoño no era precisamente calurosa. Tenía sus miembros entumecidos, al mantener la misma postura por más de dos horas y debido a la poca calidad de la ropa con la que se cubría. Recordó el momento en que se la probó, solo tres días atrás, ¿o había sido noventa y nueve años después...? «Qué cosas», pensó, dándole vueltas a la locura en la que se veía inmerso.

            Tocó de nuevo su fusil de alta precisión XM2020, como para cerciorarse que seguía estando allí. Su contacto duro y frío lo ayudó a relajarse. Debería estar acostumbrado a acechar desde posiciones ocultas, pues lo había hecho en multitud de ocasiones tanto en Irán como en Corea del Norte, pero esta no era una misión cualquiera. Esta era la gran misión. «¡Qué curioso!», se dijo, observando a su alrededor una ciudad llena de color. Las dos últimas semanas había estudiado a fondo la ciudad, a través de montones de fotografías, pero todas eran en blanco y negro. Ahora, debajo de él, se erguía una Munich rebosante de color.

            Judah Beigberwitz comenzó a rememorar el día, hacía un par de semanas, que llegó a su apartamento de Nueva York, procedente de la difusa frontera entre las dos Coreas, aprovechando un permiso que le habían concedido por haber conseguido abatir su presa número quinientos. Era considerado el mejor francotirador de todo el ejército de Estados Unidos y para ello no era la puntería ni la sangre fría la mejor cualidad, sino que era la absoluta falta de remordimientos. Eso lo había aprendido después de muchos años, junto al capitán McDonald, el mejor «cazador» que había conocido, cuando empezó en esto, allá por la guerra de Afganistán. Habían pasado casi veinte años, por lo que ya no era un joven alocado, más bien era un hastiado oficial, sin nadie a quien mandar, excepto a su conciencia.

            Cuando estaba metiendo la llave en la cerradura de su apartamento, tenía en mente descansar durante esos días de permiso, mientras se replanteaba su futuro, pues se sentía exhausto de esa vida solitaria y cansado de matar desde mil metros de distancia, sin que el objetivo, despersonalizado, se imaginara que estaba viviendo los últimos instantes de su existencia. Quizá fuese una manera cobarde de matar, sin mirar a los ojos a su supuesto enemigo, pero era su forma de combatir: la que había aprendido y la que sabía hacer mejor que nadie en el ancho mundo, solo discutido por Boris Borisenko, el antiguo spetsnaz ruso, del cual tenía una fotografía colgada en la pared del apartamento, cuya puerta estaba a punto de abrir, con su inconfundible fusil ORSIS T-5000, más preciso aún que el que él solía usar.

            Pero su divagación fue cortada en seco por sus sentidos, que, en estado de vigilancia permanente, le alertaban de que había alguien en su casa. Aún no había cerrado la puerta de entrada y podía huir, pero una voz le detuvo:

—No se asuste, señor Beigberwitz. Pertenezco al servicio secreto.

            Judah se volvió de nuevo, encarando al intruso y observando que este había sacado a relucir su billetera, que, abierta, mostraba su carné que confirmaba su pertenencia al servicio secreto de los Estados Unidos de América.

—Mi nombre es Farrell, Don Farrell—comentó el agente, impulsando a Judah a alzar la comisura derecha de su boca, a modo de sonrisa, por la obligada comparación con Bond, James Bond.
—¿Y qué hace aquí, en mi casa?
—Disculpe la intromisión, señor Beigberwitz, pero se trata de un asunto de suma importancia y creemos que podría ser también de su interés. Pase al salón, si no le importa, y mi compañero le contará de qué va todo esto—solicitó el agente Farrell, con unas formas muy educadas.

            «¿Compañero?», se preguntó Judah. «Así que hay más de uno en mi apartamento». Se quedó mirando al sujeto que tenía delante, envarado y bien vestido, con el pelo que comenzaba a escasear y ademanes elegantes.

            Acto seguido, Judah pasó al salón de su casa, donde observó que, efectivamente, había otro individuo allí, sentado en el solitario sillón que había en su desolado salón, que, junto al televisor de 52 pulgadas, eran los únicos muebles que necesitaba, o creía necesitar. El segundo intruso, de vestimenta menos pulcra y grandes gafas de carey, se levantó tal y como Judah entró y este le echó una mirada de las que suele hacer a través de su mira telescópica. El objetivo avanzó un par de pasos y extendió su mano.

—Soy el profesor Pfeferberg. Encantado de conocerlo, señor Beigberwitz.
—¿Es usted judío?—preguntó Judah, al escuchar el apellido del profesor.
—No, que yo sepa. Tampoco es la primera vez que me hacen esa pregunta, pero usted sí lo es.
—Muy bien, están en mi casa sin mi permiso y, por lo que veo, también han escarbado en mi historial, ¿me van a decir de una vez qué demonios quieren de mí?—preguntó Judah con cara de pocos amigos, tras lo cual depositó en el suelo el macuto color arena que portaba al hombro izquierdo, como percatándose en ese momento que aún lo llevaba consigo.
—Por favor, señor Beigberwitz, sea paciente. No le robaremos mucho tiempo. El profesor debe hacerle unas preguntas para asegurarse que usted es la persona adecuada para su «estudio». Si no lo es, no volverá a vernos nunca. Si, en cambio, es la persona que necesitamos...que su país necesita—se corrigió el agente Farrell—, le dejaremos descansar y nos iremos, para vernos bastante a menudo en los próximos días.
—Está bien. Dispare—claudicó Judah, mirando al profesor.

            A falta de asientos que tomar, los tres hombres permanecían de pie, encarados entre sí, con todas las paredes de un blanco impoluto, a excepción del gran aparato de televisión, apagado, que se encontraba a la izquierda de Judah.

—¿Qué me respondería usted si le preguntase si estaría dispuesto a matar a Hitler antes de que tuviera la oportunidad de llegar al poder?—soltó de repente el profesor.
—Estooo...¿está hablando en serio?—la cara de Judah reflejaba la misma sorpresa que sus palabras.
—Digamos que esto no es una conversación oficial, solo oficiosa—aclaró el agente Farrell—. Puede usted responder a la pregunta, por favor.
—¿Me están diciendo que podría viajar al pasado y matar a Hitler?—volvió a preguntar Judah, que no las tenía todas consigo.
—No—negó el profesor, también con su cabeza, dando más énfasis a su negativa—. No, señor Beigberwitz. No le estoy diciendo que se pueda hacer, le estoy preguntando si usted lo haría si pudiera. Sabemos que es el mejor francotirador del ejército de Estados Unidos, quizá del mundo, y también sabemos que su abuela era alemana, una niña que fue la única superviviente de su familia, que estuvo en el campo de Theresienstadt. Usted existe de milagro, señor Beigberwitz, porque su abuela podría haber muerto mucho antes de que usted tuviera siquiera la más mínima posibilidad de nacer.

            Los recuerdos afloraron a su mente de forma dolorosa. Su queridísima abuela Libi, que había muerto hacía cosa de diez meses, a la respetable edad de noventa años, había sido más su madre que su abuela, pues su única hija había muerto al alumbrar a Judah y su abuelo Ezra había fallecido en un accidente de tráfico cuando él contaba con apenas siete años.

—¿Qué me responde, señor Beigberwitz?—insistió el profesor, sacándole bruscamente de su ensoñación al pasado.

            Los días posteriores a ese encuentro habían resultado ser una locura completa, pues finalmente había accedido a la propuesta del profesor. Le explicaron que habían inventado una pequeña máquina que permitía el viaje al pasado. Posiblemente también al futuro, aunque aún no lo sabían con seguridad. Era pequeñita, como un reloj de bolsillo, pero para su funcionamiento requería tal cantidad de energía que la hacía prohibitiva para su uso cotidiano. La ventaja de la máquina, al no ser grande e inamovible, era que la vuelta lo hacía a un lugar previamente programado, con la energía acumulada en la misma, pues no se podía esperar que en un pasado remoto se consiguiese la energía necesaria para ponerla en marcha.

            ¿Por qué había dicho que sí a semejante locura? Quizá solo fuera por la promesa de retirarle del servicio activo, con una pensión acorde a su rango, también ascendido, pero sabía que se engañaba. Su abuela Libi le había relatado los horrores vividos en la Alemania Nazi. Ella tenía siete años la noche en que los hombres de marrón destrozaron la librería que su padre tenía en el centro de Berlín y, a partir de entonces, todo había ido a peor. El hambre, el frío, las humillaciones y, por último, el campo de Theresienstadt, al que su padre no había llegado por haber tenido la suerte de morir antes. Su madre y su hermana mayor sí que murieron allí, dejándola a ella sola y abandonada. Por fortuna, después de la guerra fue trasladada a Estados Unidos, donde pudo rehacer su vida. Su abuela Libi consiguió tener dos vidas: la de la mujer sencilla y sensata del día y la de la mujer atormentada por los fantasmas de su pasado durante la noche. Definitivamente, si Hitler no hubiera existido, el mundo habría sido mejor. ¿Y qué perdía él por intentarlo? Había matado a cientos de personas sin conocer su vida, sin saber si eran buenos o malos padres, buenos o malos hijos, buenos o malos vecinos... Matar a un monstruo como Adolf Hitler se le antojaba más humano, más humanitario.

            Lo equiparon con un prototipo del fusil XM2020, que mejoraba sustancialmente al XM2010 que él estaba acostumbrado a usar. Las ropas que le dieron, pobres y raídas, serían el disfraz perfecto para pasar inadvertido en ese Munich deprimido de la posguerra de la Primera Guerra Mundial. Su cabello negro, ojos azules, piel blanca y su perfecto alemán, aprendido de su abuela, complementarían el disfraz y eran las cualidades que el profesor había buscado para su «estudio».

            El día 4 de julio de 2022, solo tres días atrás, fue su salto geográfico y temporal. De Nueva York pasó a las afueras de Munich, cayendo el día 6 de noviembre de 1923. El plan estaba estudiado hasta el más mínimo detalle. Tenía dos días y medio para encontrar un lugar lo suficientemente apartado de la Odeonplatz para que no resultase sospechoso, un lugar alto desde el cual se dominase la entrada a la plaza del Odeón, con una vista perfecta de su entrada sur, por la que vendría la comitiva. La azotea de un edificio situado a 1000 metros de la plaza, por el norte, había resultado ser perfecta. Lo ideal hubiera sido que estuviera al este, para evitar ser deslumbrado por el sol de la mañana, pero no había ninguno así, pues se tapaban los unos a los otros. Pero el norte estaba bien, al menos no tendría el sol de cara, y la comitiva llegaría desde el sur, desde la Marienplatz.

            Ya se veía movimiento. Llevaba una media hora observando a los policías que deambulaban por la plaza y que habían acabado formando un cordón de seguridad a la entrada de la misma, junto al Feldherrnhalle, el monumento que conmemoraba a los generales que habían combatido por la patria alemana. Él sabía lo que ocurriría, o lo que estaba a punto de ocurrir, pues en las últimas semanas había estudiado hasta el último detalle la futura, o la pasada, escena. Todo se desarrollaría cual si fuera una película, o una obra de teatro, donde ningún actor tendría la posibilidad de improvisar o salirse del guión marcado para él.

            Judah se remangó ligeramente el raído y sucio gabán que vestía, atenazó con seguridad, pero con delicadeza, el fusil de precisión, sin quitar su ojo derecho de la mirilla. Aunque estaba a más de mil metros de distancia, el fragor del gentío llegaba hasta él, atenuado, pero parecía más nítido a través de la mirilla, como si pudiera escucharlo a través de ella. Y allí estaba. Había estudiado las posiciones de cada uno de los actores y estos cumplían a rajatabla con la Historia. Una gran multitud de personas, pero a él solo le importaba la primera fila. El mariscal Ludendorff, el as de la aviación Hermann Göring, un joven Rudolf Hess, y Adolf Hitler, con su inconfundible bigotillo. Todos cogidos por los brazos, a modo de cordón. La comitiva, por fin, terminó deteniéndose ante el otro cordón que tenía justo en frente, el formado por la policía. Judah debía esperar el momento. Es lo que tenía acordado con el profesor. En un momento dado, alguien, no se sabe quién, realizaría un disparo, y significaría el comienzo de la trifulca. Él debía esperar a que ese momento se materializase, para disparar en el corazón de Hitler, o en el hueco del pecho donde debería estarlo, aunque él hubiera preferido un disparo certero entre ceja y ceja. El profesor se había negado rotundamente, porque habría resultado sospechosa tanta puntería. Debía ser mortal, pero que pasase por un accidente.

            Judah observó desconcierto y movimiento y, en ese preciso instante, para el que parecía que se había estado preparando durante toda su vida, apretó el gatillo y con un sonido de chupona y un leve retroceso, la silenciosa bala fue a la búsqueda de su objetivo. No se paró a mirar el resultado. Conocía su propia eficacia. Se levantó del suelo y procedió a desmontar el arma, con idea de salir de la ciudad por el norte y enterrarla por partes, en diferentes lugares, para después volver a su casa, a su mundo, con la satisfacción del deber cumplido. Un fugaz recuerdo de su abuela le llegó en ese momento, y Judah sonrió, sabiéndola vengada.

            El 7 de julio de 2022 Judah volvió a Nueva York, a pleno Central Park, como tenía previsto. Era temprano. Aún así, le sobraba el raído gabán, en el verano neoyorquino. Se lo quitó y buscó una papelera. Era extraño, sabía que junto a aquel árbol se encontraba una, pero ya no. Hizo un lío con él y lo depositó junto a la base del árbol, tomando dirección de su casa. Necesitaba darse una ducha y tomarse una cerveza, antes de contactar con el profesor.

            Pero algo andaba mal, y no solo era por la inexistencia de aquella papelera, es que no había corredores, ni patinadores ni ciclistas, no había nadie en Central Park, a las horas en las que solían hacer algo de deporte antes de ir a trabajar. Pero lo que le golpeó como un mazazo fue el ver ondear la primera de muchas banderas americanas con la esvástica en su centro.

            A la salida de Central Park, dos policías de negro lo detuvieron por estar indocumentado. Fue llevado a los calabozos de la comisaría de la Joseph P. Kennedy Street, que él había conocido como 5th Avenue. Un sucio y desaliñado anciano, su compañero de celda, que había sido detenido por vagabundo y vago, le contó lo que no quería oír: Estados Unidos había ganado la Segunda Guerra Mundial, porque su presidente, Joseph P. Kennedy, se había aliado con la Alemania Nazi, dirigida por Max Erwin von Scheubner-Richter. Judah no podía creer lo que escuchaba. Él había estudiado a fondo el Putsch de Munich, incluso había estado allí, esa misma mañana. Sabía que el doctor en ingeniería Max Erwin von Scheubner-Richter había muerto de un disparo en la vorágine callejera. Sabía que era un nazi de origen letón, pero poco más. El anciano vagabundo le relató lo poco que conocía de la época, sin preguntarse la razón del interés y la ignorancia de su interlocutor, tal vez contento de que alguien le prestase oídos. Resultaba que el dirigente nazi había sido herido durante la trifulca, pero logró sobrevivir, sustituyendo al anterior líder del partido, uno con bigote, que sí había muerto de un disparo. El nuevo líder, mártir del levantamiento, al igual que el anterior, logró hacer ascender a su partido, convirtiéndose en el Führer de Alemania. Extremadamente inteligente y despiadado, comenzó una guerra en la que dejó libertad a sus mandos militares, los más avezados del mundo. Él se dedicó por completo a socavar la democracia en Estados Unidos, logrando crear un Partido Nazi Americano, liderado por su fundador, Joseph P. Kennedy, el cual llegó al poder y se unió a Alemania. Cuando Japón atacó Pearl Harbour, Alemania rompió su alianza con Japón y se alió con Estados Unidos. Así, el pacto tripartito, o sea, Alemania, Italia y Estados Unidos, lograron derrotar a Francia, Reino Unido, Japón y la URSS, expandiendo el nazismo a todo el planeta.

            La conversación fue cortada por la pareja de policías que lo habían detenido, pues lo sacaron de la celda y lo llevaron por oscuros pasillos hasta un despacho donde vería al comisario. Allí estaba, sentado ante una mesa de trabajo, envarado y bien vestido, una incipiente calva y con movimientos elegantes. Era Farrell. Por fin, se dijo. Él me comprenderá, pensó.

—Tome asiento, por favor—ordenó Farrell, educadamente—. Dígame su nombre, si es tan amable—prosiguió.
—¿No me reconoce, señor Farrell?—preguntó Judah, casi sonriendo.
—¿Debería? Es la primera vez que le veo y aún no me ha dicho su nombre.

            Judah se estremeció. Los ojos de Farrell parecían no reconocerlo. Pero todo esto debía ser un error, estaba seguro.

—Soy el capitán Judah Beigberwitz...aunque quizá debería decir comandante. Fui ascendido para la última misión. ¿No le extraña que yo sí lo conozca a usted?
—¿Beigberwitz? ¿Es usted judío?—preguntó Farrell, escandalizado.

            A Judah no pasó inadvertida la mirada que se lanzaron los dos agentes que lo habían detenido y acompañado hasta allí. La situación se le había escapado de las manos. ¿Cómo podía ser que hubiera ido tan mal? Debía intentar decir algo, defenderse.

—Sí, claro que soy judío. Por eso usted, señor Farrell, y el profesor Pfeferberg vinieron a buscarme a mi apartamento hace dos semanas, para viajar al pasado y asesinar a Hitler...para evitar la locura del Holocausto y de la Segunda Guerra Mundial...

            El despacho se quedó momentáneamente en silencio. Un silencio absoluto, hiriente, pero no más doloroso que la carcajada que aquellos tres individuos soltaron poco después. Judah intentó incorporarse de su asiento, ofendido, pero cuatro manos de hierro lo sujetaron con firmeza a su silla.

—Por lo que veo, además de judío piojoso, está usted loco, señor Beigberwitz. Creía que habíamos conseguido extinguir su raza, pero ya veo que se reproducen como las ratas. Soy muy conocido por la gente de su calaña, porque me temen, y con razón. A su amigo, el profesor Pfeferberg, si es el mismo al que creo que se refiere, lo exterminé yo mismo, hace más de quince años. Aún recuerdo sus gritos negando que fuera judío. ¡Su apellido lo delataba!...al igual que a usted. Quitadlo de mi vista. Mañana será ahorcado.

            Mientras los dos guardias lo llevaban casi en volandas de vuelta a su celda, Judah, aturdido por lo vivido en las últimas horas, no pudo más que pensar en que era curioso que nunca había sentido remordimientos por matar a personas desconocidas que podían haber sido buenos o malos padres, buenos o malos hijos, buenos o malos vecinos...Jamás ese sentimiento se había apoderado de él, pero ahora se arrepentía enormemente de haber matado al único ser en el mundo que merecía la más horrenda de las muertes, al causante de tanto dolor y de la casi extinción de su familia, al maldito Adolf Hitler.

            El Condotiero

lunes, 2 de noviembre de 2015

La maldita Dedocracia

             Murieron cientos de miles de personas, la mayoría de ellos guillotinados, para que la ancestral costumbre humana por la que el título valiera más que el hombre fuera desterrada de nuestra civilización occidental. Incluso Napoleón Bonaparte, en plena expansión de las ideas revolucionarias, dijo aquello de que «todo soldado francés porta un bastón de mariscal en su mochila», haciendo alusión a la posibilidad de ascenso que tenía todo hombre, independientemente de su nacimiento, a diferencia de lo que había ocurrido en los siglos anteriores.
            Pero todo esto resultó ser falso, ya que sólo cambió el «quién», pero no el «cómo». Dos siglos después, seguimos avalando y sosteniendo un sistema que favorece los amiguismos y los contactos, o sea, la Dedocracia. Como en el más sórdido ambiente de la «cosa nostra», nuestra sociedad se vale más de hacer favores y cobrarlos, en todos los ámbitos de la misma, que de la propia valía de los individuos.
            Ahí tenemos, por ejemplo, el caso de los asesores de los políticos. Personas que cobran más de 3.000 euros al mes por hacer prácticamente nada, ya que la mayoría de ellos no poseen las cualidades oportunas para ejercer aquello para lo que han sido contratados, en puestos en los que no ha habido concurso, oposición ni concurso-oposición. Como el caso del asesor técnico de la Consejería de Salud de Baleares (en este caso, impuesto por el PSOE, porque la corrupción no entiende de ideales), con un sueldo de más de 46.000 euros anuales, pese a tener sólo 20 años y ni siquiera una triste carrera universitaria con la que avalar dicho nombramiento, puesto que aún no tiene edad para ello. Lo curioso del tema es que el chaval dimitió al ver el escándalo que se había formado, y ya es un haber en su currículo, el haber dimitido en un país en el que no dimite ni el tato.
            En Andalucía vivimos en una sociedad expectante de las subvenciones y paguitas a las que podamos acceder, de una forma u otra, o por una razón o por otra. No importa nada más y para eso nos vendemos al mejor postor, que, de momento, sigue siendo el PSOE andaluz, o eso parece, porque supongo que si otro partido llegase al gobierno en Andalucía, seguiría con las mismas costumbres, si quisiese perpetuarse en el poder.
            En la empresa privada también se dan casos de nepotismo, lo vemos todos los días cuando vamos a cualquier tienda o llamamos a cualquier profesional para que nos solucione lo que sea. Nos damos de bruces, constantemente, con empleados desganados y malhumorados, irresponsables e ineptos, preguntándote siempre si no había más personas que contratar que ésas con las que nos topamos, con la de desempleados que hay. Pero claro, seguramente esos trabajadores estarán puestos ahí a dedo y conocerán al dueño de la empresa, o a alguien que conozca al dueño de la empresa y, ya una vez contratados, son más difíciles de echar. De todas formas, en la empresa privada es más disculpable, puesto que el empresario debiera saber lo que hace y si, por culpa de su desganado empleado, pierde clientes, peor para él. Es su penitencia.
            Lo que más fastidia es ver el nepotismo en el mundo de la cultura. Éste tendría que ser un mundo donde sólo el talento debiera ser el baremo para que alguien tenga o no éxito, pero a diario nos encontramos con casos que desmienten este axioma: buenos actores que jamás reciben un premio, mientras hay pésimos actores y actrices que no paran de trabajar y cuyas rodillas deben estar descarnadas; directores de cine que no paran de sacar adelante sus proyectos, aunque nadie vaya a ver sus películas, por infumables, pero que reciben millones de euros en subvenciones, a la vez que no se sienten españoles (p.e.: Trueba); juntaletras que se dicen escritores, cuyos libros sólo servirían para contrarrestar la cojera de una mesa, pero que son invariablemente publicados y premiados, quizá por sus bien atados contactos, más relevantes en el mundo editorial que una construcción literaria bien acabada o una historia interesante que contar.
            El problema de todo esto es que no paramos de quejarnos de la corrupción de los políticos españoles y, si algo son los políticos españoles, es eso, que son españoles. Nuestros políticos son el reflejo de nosotros mismos y nuestra sociedad, en general, es corrupta. Todos, alguna vez, hemos pagado o cobrado en «negro», todos alguna vez hemos, o hemos querido, defraudar al fisco, aunque, claro, no es lo mismo defraudar dos euros que dos millones, y todos nos hemos visto en la tesitura de tener que favorecer a un familiar o amigo, o a un familiar o amigo de un familiar o un amigo, pasando por encima de las leyes escritas o de las leyes de la decencia, tanto da. Está, pues, en nuestra naturaleza, por lo que podemos quejarnos de la corrupción imperante de nuestra sociedad, pero con las boquita pequeña, pues debemos ser honestos con nosotros mismos y respondernos con sinceridad a la pregunta «¿qué haríamos nosotros en su caso?».
            Y os diréis que es curioso que esto lo mencione alguien cuyo nombre de bloguero sea El Condotiero, haciendo referencia a los capitanes mercenarios que pululaban por la Italia bajomedieval y renacentista. Pues sí, desengañaos, porque todos tenemos nuestro precio. Y es lo justo. De quien jamás os debéis fiar es de aquéllos que se dan golpes en el pecho y prometen que ellos son incorruptibles, porque no es cierto y, por tanto, ya os están intentando engañar. La virtud es enemiga del ser humano, pues ninguno somos Dios y tenemos nuestros defectillos, unos más y otros menos. Como ejemplo, tenéis al propio Hitler, que ni fumaba ni bebía alcohol ni comía carne, puesto que era vegetariano. Si alguien no fuma ni bebe, no te fíes de él/ella, porque seguramente tendrá otros defectos escondidos, que serán aún peores.

            El Condotiero

jueves, 29 de octubre de 2015

De cómo engañar a millones de personas

             Días atrás observé una serie de entrevistas a habitantes de Barcelona, a pie de calle, preguntándoles acerca de cómo creían ellos que la situación económica de Cataluña cambiaría a raíz de una posible independencia de ésta. Para mi sorpresa, más del 80% de los encuestados contestaron que, en su opinión, iría a mejor, o sea, que sería positiva dicha independencia, desde el punto de vista económico, aunque algunos matizaron que pasarían 2, 3 o 4 años malos, pero que luego se recuperarían y estarían, incluso, mucho mejor de lo que están ahora.
            Yo, a tenor de lo que ya he comentado en otra ocasión, sobre realizar montones de referéndum vía internet, preguntaría a todos los españoles si desean que los ciudadanos de Cataluña decidan si prefieren seguir perteneciendo a España o no (que yo diría que sí; si se quieren estrellar, es su problema), porque la soberanía pertenece a todos los españoles, por lo que son ellos, todos, no sólo los catalanes, los que pueden tomar dicha decisión. Si queremos que la soberanía radique en el número de personas que nos convenga, según para qué y cómo, al igual que hacen los políticos independentistas catalanes, yo, como ciudadano español, por lo tanto gerente de parte de la soberanía nacional, quiero votar sobre si tengo que seguir pagando el IBI o no. Me preguntaría sólo a mí mismo, puesto que yo pongo las condiciones de la votación, y sé cuál sería el resultado de la propuesta. Además, esos políticos que sólo buscan sus intereses particulares, están creando un serio precedente: si ellos no dan ejemplo como garantes de la legalidad vigente, cumpliéndola, no pueden pretender después que el resto de los ciudadanos respeten la misma legalidad. Es decir, no pueden pretender que paguen impuestos, que respeten las normas de tráfico y demás, y que se amolden a sus decretos, pues habrían perdido la legitimidad que se necesita tener para ello.
            Bien, fuera de la discusión del porqué los catalanes quieren la independencia, si ésta es factible o si es legal, quiero aquí comentar lo que decía al principio: lo engañados que están los catalanes respecto a una posible independencia. Lo haré punto por punto de todo lo que he escuchado en estos años anteriores, aunque más condensados en los últimos meses, desde luego. Puede que alguien tenga prisa por poder hacer y deshacer, y así se quitan de encima los problemas de ciertos «3%».
-         Si Cataluña se independizara los catalanes seguirán perteneciendo a la Unión Europea. Mentira. Los políticos europeos no saben ya cómo decir que no, que es una falacia. Y no sólo desde el punto de vista legal, es que a Europa no le conviene que la gente piense que esto pudiera ser posible, porque si Cataluña se independizara pero quedara dentro de la Unión Europea, a los cinco minutos ya estarían formándose colas de peticionarios de secesión por parte de bretones, corsos, bávaros, flamencos, etc, etc, etc.
-         Si Cataluña se independizara los catalanes tendrían la doble nacionalidad: catalana y española. Mentira. Según las leyes españolas, sólo se puede tener la doble nacionalidad con países con los que se tenga un convenio para ello, que son muchos sudamericanos y centroamericanos, Guinea, Andorra, Filipinas y Portugal. ¿Alguien ha leído aquí Cataluña por algún lado? Por tanto, si Cataluña se independizara, todo aquel ciudadano que adquiriera la nacionalidad catalana, perdería automáticamente la española. No es cuestión de opinar, es que así es la ley. Punto y pelota.
-         Si Cataluña se independizara España pagará las pensiones de los jubilados catalanes. Mentira. Cuando un trabajador paga sus impuestos al Estado, no se está guardando parte de lo que paga para su futura jubilación, aunque es lo que parezca. El trabajador de hoy paga las pensiones del trabajador de ayer, y el trabajador de mañana pagará las pensiones del trabajador de hoy. Así funciona el tema, por lo que, en una Cataluña independiente, los trabajadores catalanes de hoy, pagarían las pensiones de los jubilados catalanes de hoy. Otro engañabobos.
-         Si Cataluña se independizara el FC Barcelona jugaría en la Liga francesa de fútbol (Ligue 1). Mentira. Una cosa es que el equipo de Mónaco juegue en Francia, al igual que el de Andorra lo hace en España. Pero son países minúsculos y que tienen convenios para ello, pero Cataluña sería una país con casi 7 millones de habitantes y con muchos equipos de fútbol, por lo que tendría que crear su propia liga (quizá esto no lo veáis muy relevante, pero creedme, los barceloneses le dan mucha importancia a su FC Barcelona y, quizá, si supieran que este equipo se hundiría, puesto que no podría recabar tanto dinero para pagar a sus estrellas, probablemente no estarían tan a favor de la independencia).
-         Si Cataluña se independizara tendríamos mucho más dinero para nosotros, porque no deberíamos darle una pela a España, y la economía subiría como la espuma. Mentira, o eso creo, puesto que no soy un analista económico. Pero, al quedar fuera de la Unión Europea, se acabarían las subvenciones europeas que están llegando allí desde 1986. Se crearían fronteras, en las que se tendrían que pagar fuertes aranceles, por lo que, quizá, nos saldría a los españoles más barato el champagne francés que el cava catalán. Esto es sólo un ejemplo, porque sería similar con montones de productos. El puerto de Barcelona también se hundiría, porque es puerta de entrada de montones de productos extranjeros hacia Europa (sobre todo, chinos). Pero  claro, no iban a pagar después por cruzar la frontera entre Cataluña y la Unión Europea, ya que pagarían el doble de aranceles, por lo que esas compañías navieras desviarían sus barcos a Valencia o Marsella. En relación a la inversión extranjera, ya en 2014 bajó un 15% con respecto a 2013. Veremos lo que ocurre en este 2015, respecto a 2014. El dinero es muy cobarde y no es amigo de las incertidumbres. Más de 1000 empresas han abandonado ya Cataluña en los últimos tiempos y muchas están preparando su huida en caso de independencia. Es lógico, al valiente que se quede le van a crujir a impuestos, para que pague no sólo lo suyo, sino también lo de quienes se fueron, porque alguien tiene que sufragar los gastos de la independencia, ¿no?
-         Si Cataluña se independizara el gasto social no sólo se mantendría, sino que crecería. Mentira de nuevo. ¿Cómo sería eso posible en una Cataluña abandonada por las empresas de todo tipo y con un crecimiento exponencial del desempleo? Tendrían, para ello, que endeudar su nuevo país, siempre que haya alguien que se arriesgue a prestarles dinero, claro, que eso estaría por ver.
            Creo que la situación sería dantesca y los catalanes acabarían arrepintiéndose de hacerlo, pero, ¿qué pasaría con España? Pienso que una España sin Cataluña perdería peso en la Unión Europea y perdería un gran valor como es Cataluña, pero que acabaríamos saliendo del paso y algunas regiones, particularmente la Comunidad Valenciana, Aragón y Madrid, se verían finalmente beneficiadas de una posible secesión de Cataluña. España, que seguiría dentro del marco de la Unión Europea, no sufriría demasiado, siempre y cuando no permitiésemos que Cataluña se incorporara a la Unión, porque así no tendríamos que competir con ella. Cataluña independiente pediría de inmediato su adhesión a la Unión Europea, pero España siempre debería oponerse a ello, no por cuestión de vendetta, sino porque Cataluña siempre sería un fuerte competidor de una España dentro de la Unión, pero no fuera de ella, gracias a esa frontera que los mismos catalanes están encabezonados en montar, engañados por sus políticos corruptos, que sólo miran por sus propios intereses y cuyas cuentas corrientes están en Andorra y no en Barcelona.

            El Condotiero

miércoles, 28 de octubre de 2015

¿Jalouín?

             Hace poco, un amigo mío me retaba a que escribiese sobre este tema en cuestión, haciéndome esta pregunta: «¿por qué en mi centro de enseñanza (y otros) ponen trabas a que se ponga un belén y al mismo tiempo embadurnan las paredes con cosas de la m..... ésa del Halloween?». Y aquí estoy yo, tan calentito, que me atrevo a lo que sea menester.
            Desde luego, la forma de empezar es achacando la responsabilidad a su propio gremio, pues fueron los profesores (sobre todo los maestros de Primaria) los que iniciaron la costumbre del Jalouín en nuestro país, supongo que buscando una forma de aprender de forma entretenida, para que los niños se hicieran sus propios disfraces y, quizá, interpretasen algún papel. Después de todo, la idea puede que no fuera tan mala, además que entronca con una tradición antiquísima del pueblo celta, que fueron los que dominaron Europa (aunque no como entidad, sino en tribus dispersas) antes de la creación del Imperio Romano, desde la isla de Gran Bretaña hasta los Balcanes e incluso más allá, porque un pueblo de galos se trasladó a la península de Anatolia, dando lugar a los Gálatas, hoy más conocidos por una carta que les dirigió San Pablo que por otra cosa. Además, dominaron la mitad norte de la Península Ibérica.
            Se podría decir muchas cosas de Halloween, como que es la fiesta de All Hallows´ Eve, que podríamos traducir como Víspera de Todos los Santos, que, curiosamente, sí tenemos en nuestra cultura. Esta festividad, en el mundo celta, era la más importante, puesto que era su fin de año y se contraponía con la fiesta de mitad de año, que es la noche de Walpurgis, seis meses antes. Pero, si nosotros ya tenemos una fiesta de fin de año celta, que es Todos los Santos, y una fiesta de mitad de año, que es el Día del Trabajador (sé que no tiene nada que ver, pero cae el mismo día), ¿por qué tomamos las fiestas extranjeras? No lo sé, pero esto está en consonancia con la manía cristiana de celebrar las fiestas autóctonas pero con otros nombres, así se iban cambiando poco a poco las costumbres del lugar, sin que resultase chocante y produjese enfrentamientos. Era más cuestión de asimilar que de vencer o convencer.
            Pero sobre las bondades o no del Jalouín no quería yo versar este tema, sino sobre lo otro, del porqué se pone trabas para montar un belén en un colegio. Las costumbres, pues, cambian, y una de las tradiciones en España es montar belenes cuando llega la fiesta de Navidad, el Solsticio de Invierno, Hannukah o lo que quieran ustedes llamar a las fiestas que celebramos en nuestro final de año. Por tanto, si una mayoría de la población, o de padres de alumnos de un colegio, no desean que se monte un belén, pues que no se monte y punto, no pasa nada, ni creo que el mundo vaya a peor por ello. Lo que sí creo que hace que el mundo vaya a peor es que una minoría minoritaria imponga su criterio a los demás. En Andalucía tenemos el caso no sólo de los belenes, sino que ni siquiera hay fotografías de nuestro rey en las aulas, porque hay padres a los que les molesta. Y me pregunto, ¿quiénes se creen que son estos padres para imponer sus ideas al resto? La cuestión de la monarquía o república no es algo que deba tener sentido ni debate en las aulas de Primara, porque los niños no tienen derecho a voto. Pero es que, además, el rey es el rey de todos los españoles, nos guste o no, hasta que España se convierta en una república, si esto llegase a suceder algún día.
            Y éste es el principal problema de nuestra sociedad y, por ende, de nuestra democracia: nos dejamos gobernar por las minorías. Quizá sea porque esas minorías, conscientes de que lo son, hacen más ruido que las mayorías, intentando contrarrestar el número, por lo que son finalmente más escuchadas y dan la sensación, aunque no es real, que más que minoría, son mayoría.
            Y es algo que se da en todos los ámbitos de la vida, no sólo en el político. Así, si un padre no quiere que se monte el belén en la clase de su hijo, despotricará hasta límites insospechados, mientras el resto de padres, de los que unos cuantos estarán de acuerdo con él, otros cuantos estarán en contra pero no querrán meterse en follones, y la mayoría pasará del asunto, porque les importará un pimiento, asistirán a la bajada de pantalones del profesor/profesora del colegio/instituto, o del director/directora del mismo, porque, después de todo, tampoco puede hacer nada al respecto (ni desean perder sus puestos de trabajo por un rifirrafe sin sentido). La autoridad que siempre se ha presupuesto a los maestros o profesores se ha ido perdiendo en nuestra sociedad, siendo constantemente ninguneados y desprestigiados por los mismos padres que luego quieren que aquéllos se hagan enteramente responsables de la educación y bienestar de sus hijos, como si el aprendizaje de un niño concluyera a la misma hora que suena la campana de fin de clase.
            ¿Por qué ocurre esto? Pues porque, como ya he cementado más de una vez, aunque no hay una democracia real en España, aunque no hay voto, sí hay voz. Aquí cualquiera puede decir lo que le venga en gana y opinar del tema que quiera sin el más mínimo conocimiento o información del mismo. De acuerdo, yo también hablo de lo que quiero y como quiero, pero, al menos, intento documentarme al máximo de mis posibilidades y, lo que es más importante, creo que soy coherente con mis ideas. Yo soy proclive a escuchar a quien haga falta, e incluso a respetar sus ideas, pero sólo con una condición: que sea coherente con ellas. Por esa razón me fastidia mucho que existan padres que estén en contra de los belenes en el colegio, pero que luego acepten que sus hijos tomen la Primera Comunión, gastándose, para celebrarlo, miles de euros en el convite. Pero los hay aún peores: los padres que se niegan a que sus hijos tomen la Primera Comunión de manos de la Iglesia Católica, pretendiendo que hagan una Comunión civil, al igual que ya intentaron un bautismo civil. Esto es mezclar las churras con las merinas, para mi gusto, por lo que esos padres no me merecen ningún respeto, ni ellos ni sus ideas.
            Si usted está en contra de las celebraciones cristianas, porque no se considera como tal, y espera a que sus hijos sean mayores de edad para que tomen sus propias decisiones, tanto políticas como religiosas o de lo que sea, adelante, me parece perfecto. Sea coherente con sus ideas, las que puedan ser, y le respetaré, pero respete usted también a los demás, que también tendrán sus ideas, siempre que sean coherentes, claro. Si usted quiere ser escuchado, debe escuchar a su vez a los demás. O si desea celebrar lo que quiera, debe permitir que los demás celebren lo que les dé la gana. Ya no es simplemente una cuestión de coherencia, sino también de convivencia. Pero en eso, como en otras muchas cosas, los españoles estamos bastante más por detrás de lo que deberíamos, pues arrastramos un legado penoso del siglo XX, que es la intolerancia de la Segunda República, sumada a la intolerancia del Franquismo. Por ello, en 1978 se creó una Constitución votada por la mayoría, pero que a día de hoy no gusta a casi nadie, y también se forjó una sociedad «democrática» que no sabe pensar, que no sabe discutir y que no sabe amoldarse a los demás (amoldarse no en el sentido de dejarse manejar).
            Este mal tiene poco remedio, a excepción de la lectura. Por norma general, los que leen mucho son más tolerantes que los que no leen, pero, por desgracia, en España no se compran muchos libros y, lo que es peor, el 90% de los que se compran no se leen, aunque hacen bonito en la estantería.

            El Condotiero